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Reconecta con el alma de tu familia

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Vivimos épocas de desafíos intensos y no hay vacuna posible para inmunizarnos del trauma que se produce en situaciones dramáticas, pero sí hay formas de volvernos más resilientes y de superar esos eventos con un aprendizaje de vida. El reto ante una experiencia de conflicto es volvernos más grandes que lo que nos pasó. Es superar integrando, ya que solo así viviremos en paz.

Todos estamos unidos por el destino y la experiencia de vida que compartimos en este momento nos une de una manera especial. De aquí unos años todos los que compartimos planeta tendremos la experiencia común de una pandemia, de una guerra en Europa o de una amenaza nuclear. Estamos conectados por las vivencias como planeta, como país, como pueblo, como familia y como personas y a menudo la dureza que en algunos momentos tiene la experiencia vital trae consigo una fuerza especial.

La vida es un desafío continuo al que llamamos destino.

Reforzarnos para reconectar y vivir en sintonía con la gran alma.

Las experiencias traumáticas por las que ha pasado un pueblo o una persona producen una desconexión que continúa vigente mucho tiempo por delante desde que ese trauma se ha producido formando parte de la vida cotidiana. Es el trauma transgeneracional que tiene adherentes en cada sistema familiar.

Una mujer alemana tenía 3 hijas mujeres y anhelaba tener un hijo varón, pero ya sabéis que se cree más al cuerpo que a la cabeza. Los hombres de su familia (abuelo, padre y tíos) habían muerto en la guerra, por lo que traer hijos hombres a la vida es peligroso.

Impacto en los niveles del trauma

Trauma individual

En un primer nivel encontramos a la persona. Puede ser individual implicando solo a un individuo y al mundo que le rodea, ya que se relaciona con otros, los de su familia, sus relaciones íntimas, sus compañeros de trabajo y la sociedad en la que se mueve. Lo no resuelto le afecta en su tiempo de vida y queda como una huella o marca que creará implicaciones en las generaciones siguientes.

Trauma social

En un segundo nivel, el trauma es social y afecta a una comunidad amplia (miembros comunidad LGTBI, una religión…), una cultura (experiencias de los afroamericanos, los indígenas, las víctimas coloniales, la historia de la esclavitud, las cazas de brujas, la Inquisición, la Masacre Nanking u otras masacres que van desde Jericó hasta Tiananmen, las víctimas de distintas dictaduras mundiales, de los regímenes comunistas de la Unión Soviética o de la China maoísta o de Pol Pot…) o un país (Siria, Etiopía, Ucrania..).

Es un trauma social y, aunque una persona concreta no esté implicada de manera directa en un conflicto, su propio sistema sí que puede estarlo. En estos traumas se incluyen eventos como genocidios, guerras, revoluciones, desapariciones, terrorismo, epidemias y pandemias, hambrunas, desastres nucleares, desastres naturales o producidos por el hombre, crisis económicas y ambientales que, entre otras, van a producir miedo, angustia, incertidumbre y caos interno convirtiéndose en un desequilibrio interno personal y social.

Son precisamente los traumas sociales no resueltos los que se perpetúan durante generaciones y que la psiquiatra francesa Anne Ancelin Schützenberger describió en su libro The Ancestor Syndrome (¡Ay, mis ancestros!). Las historias multiculturales de los distintos pueblos ejercen todavía un profundo impacto en las relaciones de hoy día conformando memorias transgeneracionales individuales y globales.

Trauma global

En otro nivel se encuentra el trauma global como el que se ha estado materializando en el planeta. Por ejemplo, la acción manifiesta y encubierta de los seres humanos y su economía han acabado agobiando la ecología del planeta. Volcanes, terremotos, tsunamis, sequías o inundaciones son algunas de las consecuencias de la mano del hombre.

Todos ellos finalmente están imbricados y un suceso que generó un trauma individual, afecta también a nivel social y global. Pero,

  • ¿Por qué es tan difícil para nuestra cultura tratarlo?
  • ¿Por qué es difícil hablar de lo que ha ocurrido cuando ha sido traumático?
  • ¿Por qué es casi secreto hablar en la familia o en una comunidad de ideas diferentes?
  • ¿Por qué no se respetan las diferencias?
  • ¿Hablan claramente las partes que se enfrentan o lo hacen queriendo convencer al otro?

Nos callamos, ocultamos, guardamos silenciosamente los recuerdos dolorosos para evitar la vergüenza, la crítica, la culpa, la autocrítica, por miedo al castigo, por negación o para que no se actualice el dolor. Así se conforman los no dichos o los secretos que intentan desaparecer en los rincones de las memorias.    

La mayor parte de las veces, ante un dolor, se aplica aquello de querer tener razón que lleva a la polarización. Se presupone que solo una postura es válida y a ella se adhieren los que sintonizan o los que tienen los mismos conflictos. En la otra parte del sistema, la oposición y los que se colocan de su lado, y así generación tras generación se perpetúa el dolor.

En un sistema, todas y cualquier parte tiene el mismo derecho. No hay quien tenga la razón y no se puede tomar partido por un lado determinado. Como terapeutas, tenemos a ambas partes en el corazón: padres e hijos, víctimas y abusadores, judíos y nazis, palestinos y judíos, rusos y ucranianos, protestantes y católicos, empleadores y trabajadores, republicanos y nacionalistas, ricos y pobres, políticos de derecha e izquierda, perpetradores y víctimas. Siempre que hay opuestos, las personas piensan que tienen que tomar partido por alguna parte y eso duele en el alma profunda.

Como ejemplo, la unidad más pequeña: la persona. Todos tenemos un padre y una madre y los queremos de manera consciente o inconsciente. Si un hijo piensa que se tiene que decidir por un padre u otro, sufre. Solo hay una manera y es respetar y llevar a todos con amor. A todos en un único lugar, el corazón. Así es como se entra en sintonía con la gran alma.

Son pocas las experiencias globales en las que se hace un esfuerzo por mirar el dolor provocado, reconocer la responsabilidad de los hechos, hacer un acto de honrar a las víctimas y devolverles la dignidad. Se trata de mantener una postura de sinceridad con relación al pasado y poder hablarlo.

Los míos, los de mi familia, los de mi país o de mis grupos de referencia pudieron hacer daño a otros y eso es una huella que no se olvida. Ante ese dolor, nos ponemos del lado de la víctima o del perpetrador. Solo vemos una parte y la paz llega de la unión. Es por ello que la invitación siempre será a integrar ambos lados sintiendo la unidad.

La vida fluye hacia adelante

Cuando vemos que se interrumpe el flujo de vida, de amor, de salud, de bienestar o de éxito, podemos mirar qué desequilibrio se ha generado en relación a la conexión con el alma de nuestra familia estrecha o linaje y con el alma grande de la existencia humana.

La desconexión lleva a la perturbación y ya sabemos que varias personas perturbadas que se encuentran en un mismo tiempo-espacio pueden llegar a producir una guerra, un desastre o a dirigir la vida de toda una comunidad.

Anngwyn St. Just, psicoterapeuta, dice que cada país tiene sus preguntas después del dolor y en Alemania es algo muy doloroso y dudoso como “¿Soy lo suficientemente bueno?”. En Rusia, “¿He hecho lo suficiente por los demás?”. En Gran Bretaña, “¿Estoy comportándome apropiadamente?”. La pregunta norteamericana es muy diferente, es algo así como “¿Estás comprando mi imagen?” ya que, para ellos, el éxito y ganar son valores culturales muy importantes y el fracaso es un tema muy difícil y mal recibido.

Después de una situación traumática, se produce un gran temor interior a que la historia se repita ya sea real o imaginaria (el recuerdo del trauma). Si esto ocurre, se revive el dolor del pasado algo que puede ser muy retraumatizante. Por ello, desde el ámbito del trabajo terapéutico con Descodificación Biológica o las Constelaciones Familiares, se propone trabajar hasta poder sintonizar con la vida. Recordar que el reto ante una experiencia de conflicto es volvernos más grandes que lo que nos pasó.

Ejercicio para sintonizar con la vida

  1. Trae a tu mente una situación que en el presente te lleve a la polarización de pensamientos, sentimientos y emociones. Puede ser una situación que te afecte a nivel individual, social o global.
  2. Imagina a tus padres y sus linajes detrás de ti y colócate entre ellos mientras te sostienen.
  3. Respiras profundamente y dejas que ambas partes de tu árbol familiar confluyan en tu interior hasta que formen una unidad tomando tanto lo uno como lo otro.
  4. En tu interior te giras y miras a tus padres para decirles “papá, te tomo a ti y a tu historia tal cual es” y luego, “mamá, te tomo a ti y a tu historia tal cual es”. Respira profundamente y observa cómo te sientes.
  5. Ahora observa qué partes en ti vienen desde la familia polarizándose (ricos y pobres, violentos y pacifistas, vacunas y antivacunas, política de derecha o izquierda, republicanos y nacionalistas, capitalistas y comunistas, con o sin estudios, distintas religiones, formas distintas de pensar, etc.).
  6. Cierra los ojos, respira profundamente y apóyate en tus padres, que te sostienen por detrás. Mira hacia la vida y dices a esas partes polarizadas: “Os reconozco a ambas en mí”.
  7. Respira hasta que sientas que, teniendo a ambas partes en ti, la tranquilidad de la vida te sostiene.

Son las experiencias de unión las que te permiten el reconocimiento de que la unión siempre estuvo ahí y facilitan la reconexión de la persona y de esta con la vida.

A mayor polarización, mayor desconexión. El reconocimiento de la totalidad en mí será mi mayor experiencia de conexión dentro del alma grande. Cuando las personas olvidan su humanidad, pierden las reglas básicas de la convivencia y respeto y se suman a una consciencia colectiva de dolor o son demasiado débiles para seguir su propia consciencia. Se unen al trastorno de otros (seguidores de X) y llega la desconexión. Aparece así una huella de dolor, y no por una generación, sino tantas como el dolor tenga que ser transitado.

La paz es parte de la imagen.

Bert Hellinger

La paz es parte de tu imagen y de la mía. En unión es más fácil.

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Aclaración: La Descodificación Biológica es un acompañamiento emocional complementario, no sustitutivo de ningún otro tratamiento médico, que el cliente escoge libremente para su bienestar emocional. Debe aclararse que el Instituto Ángeles Wolder no da consejos médicos ni recomienda finalizar ningún tratamiento.

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Ángeles Wolder

Directora Instituto Ángeles Wolder. Autora del Libro “El Arte de Escuchar el Cuerpo” y de "El reflejo de nuestras emociones: la descodificación de los sentimientos a través del cine" y "Hambre Emocional". Es licenciada en Kinesiología, Profesora en Enseñanza Universitaria, Licenciada en Antropología Social y Cultural, licenciada en Psicología y Máster en Psicosociología. Desde hace 10 años se ha centrado en comprender y observar cómo el ser humano y la humanidad gestionan los conflictos emocionales.
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