La bola negra y el trauma transgeneracional social

En este artículo

La bola negra es una película estrenada en 2026 y dirigida por Los Javis que no deja indiferente a nadie. O te apasiona o la detestas, pero la indiferencia no es una palabra que se le pueda aplicar. ¿Por qué? Porque abre temas humanos y sociales muy profundos y los coloca delante de nosotros con una mirada que invita a preguntarnos qué hacemos hoy con aquello que ocurrió ayer.

La película habla de la Guerra Civil Española, de la dictadura de Franco, de la homofobia, de los ataques de las fuerzas fascistas de Mussolini y de las injusticias que fueron aconteciendo una tras otra cuando un grupo se considera superior a otro. Pero La bola negra no habla solamente de Lorca, cuyo paso por la historia que se narra es fugaz. Tampoco habla únicamente de represión, de bandos o de ideologías.

Pone sobre la mesa algo todavía más inquietante: qué ocurre cuando una persona, una familia o un país no consigue elaborar su propia memoria.

Cuando el dolor se calla y se convierte en lo no dicho, en un secreto o en un acontecimiento del que nadie quiere hablar, no necesariamente desaparece. Puede permanecer en la forma de relacionarse, de educar, de amar, de desconfiar, de tener miedo o de enfrentarse a aquello que se percibe como diferente.

En una familia, un acontecimiento puede desaparecer de las conversaciones y, sin embargo, seguir presente en la manera en que las siguientes generaciones viven. Un niño puede no conocer la historia de su abuelo y percibir, sin comprenderlo, que existe un tema prohibido, una reacción desproporcionada, una determinada manera de relacionarse con la autoridad o una forma particular de mirar al otro.

Porque una familia no transmite únicamente aquello que recuerda. También puede transmitir aquello que no puede nombrar.

Y aquí aparece una de las cuestiones que más me interesa de esta película: ¿cómo se van a abrir heridas que nunca se han cerrado?

A veces el silencio fue necesario. A veces permitió sobrevivir. Después de una guerra, de una persecución, de una pérdida o de una experiencia de violencia, callar puede haber sido una estrategia de protección. El problema aparece cuando una estrategia que fue adaptativa para una generación se convierte en una dificultad para las siguientes.

Lo que en una generación pudo ser una forma de sobrevivir, en otra puede transformarse en una forma de vivir.

Por eso, el trauma transgeneracional no debería entenderse únicamente como la transmisión de un recuerdo doloroso. También puede pensarse como la transmisión de formas de responder ante el mundo que nacieron en un contexto determinado y que continúan funcionando cuando aquel contexto ya ha cambiado.

Quiero dejar claro que entiendo que todas las partes han sufrido, que todos han provocado sufrimiento y que nadie está exento de asumir su responsabilidad. Reconocer el dolor de unos no obliga a negar el de otros. Y reconocer responsabilidades tampoco significa convertir la memoria en una nueva forma de enfrentamiento.

Tres momentos, muchas historias

Los momentos que aparecen en la película son 1932, 1937 y 2017, y nos llevan desde la España republicana de preguerra hasta la Guerra Civil, la posguerra y la actualidad.

El hilo gira alrededor de unas páginas que escribió Federico García Lorca antes de ser asesinado el 18 de agosto de 1936, sobre un hecho acaecido en el casino de Granada cuando un joven llamado Carlos solicitó el ingreso y le fue denegado por una presunta homosexualidad.

El título de la película hace referencia precisamente a la forma en que se votaba el acceso al casino: una bola blanca significaba aceptación y una bola negra, rechazo. Y aquí aparece una metáfora que me parece especialmente poderosa.

La bola negra no es solamente un objeto que sirve para votar. Representa el poder que tiene un grupo para decidir quién pertenece y quién queda fuera. Quién es aceptado y quién rechazado. Quién merece reconocimiento y quién debe permanecer en el margen.

Una persona, una familia o un país no consigue elaborar su propia memoria.

¿Cuántas veces las sociedades han utilizado sus propias “bolas negras” para decidir quién puede formar parte del grupo?

La diferencia comienza siendo diferencia, pero puede convertirse en amenaza cuando un colectivo deja de ver personas y empieza a ver categorías. El otro deja entonces de ser alguien diferente y pasa a convertirse en alguien que debe ser rechazado, silenciado o eliminado del espacio común.

A partir de aquí conocemos la historia de Sebastián, un personaje al que le toca vivir el ataque de las fuerzas fascistas de Mussolini en su propio pueblo. Su madre y muchas otras personas son asesinadas. Él huye para salvar su vida y termina siendo reclutado por las fuerzas sublevadas, en unas circunstancias en las que su margen de elección es prácticamente inexistente.

Y finalmente, en estos enredos de los eslabones de la vida, nos encontramos con Alberto, un joven historiador que nada sabe de su abuelo Sebastián y que recibe una llamada de su parte en la que le comunica una herencia: unas páginas escritas por Lorca para hacer una obra de teatro llamada La bola negra.

Y aquí se cierra el círculo o, quizá, se abre la memoria. Alberto puede quedarse con el objeto o puede preguntarse qué significa aquello que acaba de recibir. Y decide hacer lo segundo.

Quiere saber quién es, cuál es su origen, quiénes fueron sus antepasados y qué historias les tocó vivir para que él y su madre, Teresa, se hubieran construido como lo hicieron.

Hay alguien que tiene una historia sobre la que Lorca escribe; Sebastián conoce a la pareja de Lorca, quien le entrega el escrito; y Alberto finalmente lo recibe para poder integrar una memoria de dolor que ha permanecido transmitiéndose a lo largo del tiempo. Alberto no recibe solamente un manuscrito.

Recibe una pregunta: ¿qué hago con aquello que he heredado y que yo no elegí?

Y esta pregunta me parece esencial cuando hablamos de transmisión transgeneracional. Heredar no significa necesariamente repetir.

Podemos recibir una historia sin estar condenados a reproducirla. La conciencia aparece precisamente cuando podemos mirar aquello que recibimos y preguntarnos qué hacemos con ello.

Olvidar no es integrar el trauma

Teresa, la madre de Alberto, no le ha hablado nunca de su padre, Sebastián, porque quiso borrarlo de la historia. La causa parece encontrarse en el dolor producido por el abandono de su padre.

Pero aquí podemos detenernos. ¿Realmente lo ha borrado? Quizá no. Porque aquello de lo que no se habla también puede ocupar un enorme espacio dentro de una familia.

Alberto ha vivido algo semejante a Teresa porque, cuando su propio padre se marcha, también experimenta el abandono.

Y vuelve a aparecer la frase de George Santayana, escrita en The Life of Reason (La vida de la razón):

“Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.”

La frase no significa que una persona o una sociedad esté condenada de manera inevitable a repetir exactamente los mismos acontecimientos. Puede entenderse, más bien, como una invitación a comprender que aquello que no conocemos difícilmente podemos transformarlo de manera consciente.

Por eso podemos formular varias preguntas:

¿Cómo evoluciona la conciencia personal?

¿Cómo puede una familia dejar de repetir escenas y cambiar el escenario?

¿Qué necesita hacer una sociedad para integrar el dolor y dejar de reproducir determinados mecanismos?

¿Qué pueden hacer posiciones ideológicas opuestas para trabajar en objetivos comunes sin negar sus diferencias?

Lo primero es entender de dónde venimos y reconocer la historia que nos ha construido.

La evolución de la conciencia, tanto individual como colectiva, necesita reconocer que la memoria es una condición para aprender.

El pasado no necesita ser borrado para poder avanzar. Necesita ser comprendido e integrado. Porque recordar no es lo mismo que quedarse atrapado.

Una persona puede recordar una experiencia dolorosa y utilizarla para comprenderse mejor. También puede revivirla constantemente sin conseguir transformarla. Por eso, la memoria por sí sola no garantiza evolución. Lo importante es qué hacemos con ella.

Podríamos pensar en una secuencia:

recordar, comprender, elaborar, integrar y elegir de otra manera.

Eso es muy diferente de:

recordar, revivir, quedar atrapado y repetir.

Y podemos entenderlo con algo tan sencillo como lo que ocurre cuando un niño aprende. Imaginemos que toca una superficie caliente y se quema. La experiencia queda registrada. La próxima vez que se encuentra ante algo semejante, puede reconocer el peligro y actuar de otra manera.

No necesita olvidar la quemadura para seguir adelante; necesita aprender de ella.

Si borráramos completamente esa experiencia, perderíamos también la posibilidad de utilizarla como aprendizaje. Pero tampoco tendría sentido que el niño pasara el resto de su vida aterrorizado ante cualquier objeto que pudiera emitir calor. Integrar la experiencia significa poder recordar lo sucedido, comprenderlo y responder de una manera diferente cuando ya no existe el mismo peligro. Algo parecido sucede con una sociedad.

Cada generación recibe una historia, con sus logros, pérdidas, conflictos, injusticias, ideologías, creencias, recursos, descubrimientos y formas de relacionarse. La conciencia crece cuando puede mirar ese legado sin negarlo y, al mismo tiempo, sin quedar prisionera de él.

Por eso, evolucionar no es borrar el pasado, sino transformar la experiencia en conciencia.

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Lo que no se dice también se transmite

Hay otro elemento de la película que me parece fundamental: el silencio.

No siempre necesitamos conocer una historia completa para percibir que existe. Los niños observan. Registran los gestos, los cambios de humor, los temas que provocan tensión, las fotografías que desaparecen, los nombres que nunca se pronuncian y las preguntas que reciben como respuesta un “de eso no se habla”. El silencio también educa.

Por eso, cuando una generación decide no hablar de un acontecimiento doloroso, puede estar intentando proteger a sus hijos. Sin embargo, el niño puede crecer percibiendo que existe algo que no puede comprender.

Esto no significa que todo silencio produzca necesariamente un trauma ni que toda dificultad familiar tenga un origen transgeneracional. Sería una simplificación. Pero sí podemos reconocer que las experiencias familiares, los modelos de relación y los relatos que se transmiten —o se silencian— participan en la construcción de la identidad.

Y aquí Alberto adquiere un papel fundamental. Él es quien pregunta. Y preguntar modifica la historia. No porque pueda cambiar lo ocurrido, sino porque puede cambiar la relación que mantiene con aquello que ocurrió.

La memoria de una sociedad

La película permite ampliar todavía más la mirada. Una sociedad también puede desarrollar formas colectivas de evitación: no hablar, no mirar, minimizar, justificar, polarizar o construir un relato en el que solamente exista un lado de la historia.

No se trata de decir que una sociedad tenga un trauma exactamente igual al de una persona. Es una comparación que tiene límites. Pero sí podemos observar cómo determinados acontecimientos históricos dejan huellas duraderas en las instituciones, las familias, los relatos culturales y las relaciones entre grupos.

Durante la Guerra Civil y la posterior dictadura franquista se produjeron asesinatos, ejecuciones, encarcelamientos, desapariciones, persecución política, exilio y diferentes formas de represión. Para muchas familias, además, la pérdida estuvo acompañada de silencio, miedo o imposibilidad de hablar públicamente de lo ocurrido.

Una persona puede morir en un acontecimiento histórico, pero la historia de esa muerte puede continuar afectando a quienes permanecen vivos.

Y aquí aparece algo fundamental: la muerte y el duelo no son exactamente lo mismo.

La muerte es el acontecimiento. El duelo es el proceso mediante el cual intentamos integrar esa pérdida en nuestra vida. Cuando una familia no sabe dónde está su ser querido, cuando no puede despedirse, cuando no puede hablar de él o cuando debe ocultar las circunstancias de su muerte, ese proceso puede verse profundamente dificultado.

Una sociedad también necesita lugares donde poner a sus muertos. No para vivir permanentemente en el pasado, sino para poder reconocer que esas vidas existieron. Cuando una parte de los muertos puede ser llorada públicamente y otra debe permanecer en silencio, la memoria colectiva queda fragmentada.

La muerte y el duelo en la película La bola negra.

1932, 1937, 2017 y 2026

La bola negra nos muestra realidades de diferentes períodos de la historia española. Primero, la España republicana, marcada también por la confrontación entre distintas ideologías y por conflictos sociales y culturales. Después, la guerra, la violencia y la victoria de las fuerzas sublevadas. Finalmente, la dictadura franquista, que se prolongó durante casi cuatro décadas y estuvo acompañada de represión política, persecución de opositores y control social.

Pero la película no parece invitar únicamente a mirar hacia atrás. Nos obliga a preguntarnos qué hacemos en el presente con aquello que hemos heredado.

Los vencedores pudieron honrar públicamente a sus muertos, mientras que muchas familias del bando derrotado vivieron sus pérdidas en silencio. Esa desigualdad en la posibilidad de recordar dejó una huella que no desaparece simplemente porque hayan pasado los años.

Y aquí debemos tener cuidado con una idea: integrar la memoria no significa construir un nuevo relato de vencedores y vencidos. Significa ampliar nuestra capacidad para reconocer lo ocurrido, escuchar experiencias diferentes y asumir responsabilidades sin negar el sufrimiento de quienes estuvieron al otro lado.

Reconocer el dolor de una familia no obliga a negar el de otra. Recordar a las víctimas no significa negar que existieron víctimas en diferentes lugares y circunstancias. Y asumir responsabilidades no significa heredar culpas personales por el mero hecho de pertenecer a una familia, un grupo o una ideología.

La memoria no debería convertirse en una nueva bola negra.

No debería utilizarse para decidir quién merece pertenecer hoy y quién debe quedar fuera. La memoria debería permitirnos comprender cómo llegamos hasta aquí.

La conciencia como posibilidad de transformación

En este sentido, la evolución de la conciencia no consiste en tener un pasado perfecto. Ninguna persona, ninguna familia y ninguna sociedad lo tiene.

Consiste en desarrollar la capacidad de recordar, comprender, aprender y elegir de otra manera.

Aquello que se integra puede convertirse en conocimiento.

Aquello que se niega puede seguir influyendo sin que sepamos por qué.

Por eso me parece tan importante la frase que aparece en la película y que pronuncia el personaje interpretado por Glenn Close: “Has heredado algo y no sabes qué hacer con ello; ya eres español.”

La frase puede leerse como una reflexión sobre la identidad, pero también sobre la herencia. Todos heredamos algo. Una familia, una historia, unas creencias, unos silencios, unas heridas, unos recursos, unas formas de amar, unos miedos y unas maneras de enfrentarnos al mundo. Pero heredar no significa obedecer. Podemos recibir una historia y preguntarnos qué queremos hacer con ella.

Quizá la verdadera herencia de Alberto no sean solamente aquellas páginas de Lorca. Quizá sea la posibilidad de hacer algo diferente con aquello que recibió. Y eso nos lleva de nuevo a Santayana.

No se trata simplemente de recordar el pasado para no repetirlo mecánicamente. Se trata de conocerlo para aumentar nuestra capacidad de elección.

Una sociedad madura no es aquella que no tiene heridas. Es aquella que puede mirarlas sin negarlas, comprender cómo se produjeron y decidir qué no quiere volver a repetir. Por eso, quizás la pregunta que nos deja La bola negra no sea únicamente qué ocurrió, sino:

¿Qué hacemos hoy con aquello que ocurrió?

Porque recordar no nos obliga a repetir. Recordar puede abrir una posibilidad. La posibilidad de que una experiencia dolorosa deje de ser únicamente una herencia y pueda convertirse en conocimiento.

De que el silencio pueda transformarse en palabra.

De que la pérdida pueda encontrar un lugar en la memoria.

De que una familia pueda conocer su historia sin quedar atrapada en ella.

Y de que una sociedad pueda mirar su pasado sin necesidad de borrarlo ni de convertirlo nuevamente en una batalla.

Porque quizá la conciencia no consista en dejar atrás nuestra historia.

Quizá consista en poder mirarla de frente y decir: Esto ocurrió, esto nos construyó, esto nos hizo daño, esto podemos aprenderlo y esto, a partir de ahora, podemos elegir hacerlo de otra manera.

Como sociedad, lo más peligroso no es heredar un trauma, sino olvidar de dónde viene.

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Preguntas frecuentes sobre La bola negra y el trauma transgeneracional

¿Qué es el trauma transgeneracional?

El trauma transgeneracional puede entenderse como la transmisión a generaciones posteriores de formas de responder ante el mundo vinculadas a experiencias dolorosas de generaciones anteriores. El artículo señala que no se trata únicamente de transmitir un recuerdo, sino también de formas de relacionarse, educar, amar, desconfiar, sentir miedo o enfrentarse a aquello que se percibe como diferente.

¿Cómo influye el silencio familiar en el trauma transgeneracional?

El silencio también puede transmitir una historia. En una familia, un acontecimiento puede desaparecer de las conversaciones y, sin embargo, seguir presente en la manera en que las siguientes generaciones viven. Los niños pueden percibir que existe un tema prohibido, una reacción desproporcionada o una determinada manera de relacionarse con la autoridad sin conocer necesariamente el origen de todo ello.

¿Heredar un trauma significa repetirlo?

No. Heredar no significa necesariamente repetir. Podemos recibir una historia sin estar condenados a reproducirla. La conciencia aparece cuando podemos mirar aquello que hemos recibido y preguntarnos qué queremos hacer con ello.

¿Por qué es importante conocer la historia familiar?

Conocer de dónde venimos permite comprender la historia que nos ha construido y aumentar nuestra capacidad de elección. Aquello que no conocemos difícilmente podemos transformarlo de manera consciente. Por eso, recordar, comprender, elaborar, integrar y elegir de otra manera son pasos diferentes de simplemente revivir y repetir.

¿Recordar el pasado ayuda a integrar el trauma?

Recordar por sí solo no garantiza la evolución. No es lo mismo recordar para comprender y aprender, que recordar de una manera que nos mantiene atrapados en la experiencia. Integrar significa poder recordar lo sucedido, comprenderlo y responder de una manera diferente cuando ya no existe el mismo peligro.

¿Todo silencio familiar significa que existe un trauma transgeneracional?

No. No todo silencio produce necesariamente un trauma ni toda dificultad familiar tiene un origen transgeneracional. Sería una simplificación. Lo que sí puede reconocerse es que las experiencias familiares, los modelos de relación y los relatos que se transmiten o se silencian participan en la construcción de la identidad.

¿Qué nos plantea La bola negra sobre la memoria colectiva?

La película permite reflexionar sobre cómo determinados acontecimientos históricos pueden dejar huellas duraderas en las instituciones, las familias, los relatos culturales y las relaciones entre grupos. Integrar la memoria no significa construir un nuevo relato de vencedores y vencidos, sino ampliar nuestra capacidad para reconocer lo ocurrido, escuchar experiencias diferentes y asumir responsabilidades sin negar el sufrimiento de quienes estuvieron al otro lado.

¿La memoria puede convertirse en una nueva “bola negra”?

La memoria no debería utilizarse para decidir quién merece pertenecer hoy y quién debe quedar fuera. La memoria debería permitirnos comprender cómo llegamos hasta aquí, sin convertirla nuevamente en una batalla. Recordar no obliga a repetir: puede abrir la posibilidad de transformar una experiencia dolorosa en conocimiento.

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Escrito por: Ángeles Wolder

Directora Instituto Ángeles Wolder. Autora del Libro “El Arte de Escuchar el Cuerpo” y de "El reflejo de nuestras emociones: la descodificación de los sentimientos a través del cine" y "Hambre Emocional".
Es licenciada en Kinesiología, Profesora en Enseñanza Universitaria, Licenciada en Antropología Social y Cultural, licenciada en Psicología y Máster en Psicosociología. Desde hace 10 años se ha centrado en comprender y observar cómo el ser humano y la humanidad gestionan los conflictos emocionales.

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