El perdón interior

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¿Qué es el perdón? A nivel externo, es el retiro del resentimiento hacia la persona que nos ofendió; a nivel interno, la reparación de la herida que nos causó la ofensa. El perdón, en la mirada externa, es el retiro del enojo o resentimiento hacia el agresor o la persona que nos ofendió, desplazándolo de todo castigo y restituyendo el afecto en la relación.

En una mirada interior, es la reparación de la herida que nos causó una persona o situación.  Es la cicatrización o cierre de la situación inconclusa que nos despertaba resentimiento hacia alguien que nos dañó de alguna manera.

Es básicamente, un acto interior que hacemos con nosotros mismos en la profundidad de nuestro dolor. Para ello, debemos atravesar la capa de enojo que sentimos hacia el que nos dañó y conectarnos con la profundidad de nuestro dolor,  dejarlo ser, y al expresarlo con todo nuestro ser, descubrir la necesidad que está contenida en la herida.

Todo ser herido sabe lo que necesita para ser curado: Ser escuchado, abrazado, reconocido, comprendido de alguna manera.

La idea de revancha o de venganza es una ilusión que alivia el sufrimiento y le da una falsa esperanza de reparación.  La consumación de dicha venganza permite una descarga emocional, largamente esperada por el lastimado.  Este desahogo no resuelve el dolor, sino que descarga el enojo acumulado durante el tiempo de espera de la venganza.  Es más, cuando el ofendido se identifica con su descarga puede quedarse pegado a este acto mucho tiempo.  En cada descarga, en cada castigo, confirma su identificación con el pobre agredido que alguna vez fue y refuerza su dolor y la ilusión que lo curará con la próxima descarga de su enojo u odio.

“El dolor de dicha herida se curará solamente con la asistencia amorosa que el individuo pueda darse”.

Para que el perdón sea sentido hacia el que nos ofendió o lastimó, debemos encontrar, dentro nuestro, la posibilidad de reparar y contener a la parte herida que necesita ser curada de su dolor.  El amor es la única medicina que satisface esa herida. Acercarnos a la zona de dolor, comprenderla en su sufrimiento y bañarla en afecto reparador es el único camino de recuperación profunda. La disolución -en el fondo de la conciencia- del resentimiento y el perdón a la persona que nos dañó, dan lugar a un aprendizaje transformador.

El perdón, entendido de esta manera, no depende del acto de arrepentimiento del otro. Sólo depende de nosotros mismos y de la mirada compasiva que tengamos hacia la zona herida de nuestro ser.

Cuando puedo sanar mi herida y reconocerme entero otra vez, puedo perdonar al que me lastimó. Puedo soltar el rencor y reconocer su error, su maldad o su peligrosidad y ponerme a resguardo de un nuevo daño futuro.

Mi perdón depende de mi capacidad de recuperación de mi armonía y de mi autonomía con respecto al que me lastimó.  No dependo de su arrepentimiento o de su reconocimiento del error. Ello puede no ocurrir nunca y yo necesito salir de mi resentimiento y volver a abrirme a la vida, sin corazas que traben mi propia energía. Salirme de mi prisión de resentimiento es una meta propia que no quiero dejar en manos ajenas.

Desde mi perdón puedo comprender a mi enemigo.  No significa que esté de acuerdo ni que lo imite.  Sólo que reconozco que a partir de su daño pude ir muy profundo en mí y aprender a resucitar al amor.  El viaje del dolor al amor es de una madurez muy profunda que nos conduce a la sabiduría.  Sólo quien haya recorrido este camino conoce la intensidad del mismo y la transformación que produce.

El encuentro con el agresor luego del perdón interior es una experiencia muy fuerte.  Es la posibilidad de mirarlo a los ojos, sin rencor, compasivamente. El restablecimiento de la capacidad amatoria es la consecuencia más directa del proceso del perdón. La culpa de sentirme resentido deja su lugar a la paz posterior: La guerra terminó.

Artículo escrito por Eduardo Carabelli. 

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