Guardo en la retina cientos de momentos de este verano, de ver disfrutar a mi hija, siendo una más, la pequeña del grupo, la que todavía no entiende algunas cosas pero se suma igual. Con alegría, y también con frustración.
Y es que ya no es tan pequeña, y el límite pesa fuerte, pero la autonomía también se refuerza.
El verano en familia y la conciliación
Me ha dado por pensar en todas las familias que se organizan para conciliar, y en cómo cambia el eje. Dejamos de pensar en lo que nosotros queremos visitar para pensar en cómo adaptarnos a su realidad, para que puedan formar parte. Cuántas veces nos repartimos con el otro las fechas para estar el máximo tiempo posible, ofreciéndoles un entorno bonito y distinto.
En una comida de verano, a 34 grados y bajo el sol, imaginé todo lo que hicieron mis padres por mí y por mis hermanos. Pensé en las preocupaciones, en las decisiones, en los juegos que organizaban, en las veces que uno de los dos trabajaba en vacaciones y yo pensaba que no le gustaba estar de vacaciones. Ahora entiendo que encontró la fórmula de la felicidad: regalarle a la vida su saber hacer, sin dejar por eso de compartir espacios distintos para poder vernos crecer felices.
¿Cuánto hace un padre o una madre para que la felicidad de sus hijos esté en el centro? ¿Cuándo cambia el eje?
En esa comida a la sombra, la conversación derivó en todo lo que ellos nunca sabrán que hicimos, pero que quedará en ellos. No recordarán cada detalle, pero por sus células viajará la adrenalina, la serotonina, y el recuerdo de haber sido felices.

Los pequeños momentos del verano
Y te das cuenta, en las pequeñas cosas, en los pequeños momentos: verlos disfrutar, reír, crear sus propios juegos, sus mundos imaginarios. Eso es lo único que necesitas en verano. Y en ese instante te sientes tan completa que el alma se llena y desborda. Y entonces piensas que quizás, en esos otros días en los que no sabes si lo haces bien, si será suficiente, si actuaste en el momento adecuado, si pusiste el límite cuando tocaba, en ese momento de verlos crear, algo te confirma que sí, que lo estamos haciendo bien.
Y ahí, en medio de esa certeza, también se cuelan los miedos. Porque ha sido un verano especialmente duro, lleno de situaciones de emergencia, de catástrofes, incendios, riadas, y de esa preocupación de fondo por el mundo que les vamos a dejar. Las temperaturas extremas, el cambio climático como una herencia generacional que estamos muy lejos de poder transformar. Y entonces te preguntas si ellos podrán vivir estos mismos momentos junto a sus propios hijos, si esta infancia de jardines y tardes de verano seguirá siendo posible para la generación que viene.
Rosy Baptor, un recuerdo del verano
Y de todo este verano me quedo con miles de anécdotas, pero hoy quiero compartir una que todavía ayer me sacaba una sonrisa. Cuatro niñas saltaban felices y corrían por el jardín porque venía Rosy Baptor. Y ahí, con la agudeza de un padre entrenado en que en el mundo de los niños todo tiene sentido aunque esté transformado, se acercó y les preguntó: “Pero ¿quién es Rosy Baptor?” Y ellas, sin dudarlo, contestaron: “Es un dinosaurio.” Y el padre, cayendo en la cuenta, sonrió: “Ah, un velociraptor.”





