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Conversar no es convencer: 8 claves para conversar sin desgastarnos

En este artículo

Cuando de lejos se atisba el mes de diciembre no solo nos surgen los recuerdos de unas bonitas fiestas pasadas con familia y amigos, sino que aparecen los fantasmas del malestar vivido en distintos encuentros por tener que tratar temas escabrosos. Es un mes que implica conversar con diferentes grupos, porque pasa entre comidas de empresa, celebraciones de amigos, encuentros familiares y mayor cantidad de contactos, y por lo tanto, implica “exposición”. Y si las relaciones se ven afectadas por diferencias ideológicas, estas reuniones pueden convertirse rápidamente en situaciones estresantes.

En este artículo, veremos las diferencias entre conversar y discutir, y explorarás 8 claves para aprender a conversar sin desgastarte.

Conversar o discutir: ¿cuál es la diferencia?

Hay personas que dicen que están discutiendo con miembros de la familia, que no quieren tratar con ellos, que los interrumpen o les invalidan en todo.

Da igual de lo que se trate, ya que todo puede llevar a una “discusión” en lugar de a una “conversación”. Desde medioambiente a política, de género a sexualidad, de guerras a religiones, de inmigración a racismo o de política lingüística a educación. Todo puede irse a la polarización y ahí nos encontramos discutiendo y no hablando u opinando.

La palabra discutir proviene del latín discutere, que significa “sacudir” o “agitar”. Se forma a partir del prefijo dis- (que indica separación o divergencia) y el verbo quatere (golpear o sacudir). Originalmente, discutere tenía el sentido de “examinar o analizar algo detenidamente, sacudiéndolo para separar lo esencial de lo superficial”.

Con el tiempo, su significado evolucionó hacia el acto de debatir o argumentar sobre un tema, generalmente desde perspectivas opuestas. Hoy en día, discutir suele implicar un intercambio de opiniones, aunque puede adquirir un tono más conflictivo dependiendo del contexto. Nos da la idea de enfrentamiento.

La palabra conversar también proviene del latín, específicamente de conversari, que significa “estar en compañía” o “vivir con otros”. Se compone del prefijo con- (que denota unión o compañía) y el verbo versari (que significa “moverse”, “dar vueltas” o “estar ocupado en algo”).

Inicialmente, conversari hacía referencia al hecho de compartir tiempo o espacio con alguien. Posteriormente, el término adquirió el sentido más específico de “intercambiar palabras”, reflejando la idea de una interacción tranquila y reflexiva, no conflictiva.

¿Por qué un tema se vuelve escabroso?

Porque en una sociedad diversa como la nuestra, las diferencias de opinión son inevitables. Lejos de ser un problema, estas diferencias pueden ser una fuente de aprendizaje y cambio, si nos damos la oportunidad de escuchar e intentar entender el mundo del otro sin juicios. Sin embargo, cuando esas conversaciones derivan en discusiones, el desgaste emocional y mental puede ser significativo.

Toda familia tiene su manera peculiar de abordar los contenidos de la vida, sea la política, la religión, la educación, la cultura, el esfuerzo, el trabajo, la familia, etc. En los sistemas familiares, para que los miembros tomen buena cuenta de cómo se ha de funcionar se establecen normas, reglas o creencias explícitas o implícitas que nos dicen lo que está bien y lo que no. Si sigo lo que para los míos es adecuado me dan un buen lugar en la familia y me quedo en suma tranquilidad porque pertenezco. Si opino diferente y oso expresar mis ideas me arriesgo a que me hagan a un lado y eso tiene un coste emocional muy alto.

Estamos tan tomados por las riendas del pasado (en el que aprendimos y nos modelamos) que en algunos casos la falta de aceptación de las opiniones del otro ha llevado a situaciones límite.

Pero ¿por qué nos cuesta aceptar ideas distintas?

Nuestras creencias forman parte de nuestra identidad. Las repetimos, las reforzamos y terminamos viéndolas como verdades absolutas. Por eso, cuando alguien las cuestiona, lo interpretamos como un ataque personal. En lugar de escuchar, nos enfocamos en defendernos. Es natural que nos aferremos a lo que valida nuestra visión del mundo. Sin embargo, evolucionar como individuos y sociedad requiere estar dispuestos a cuestionar nuestras ideas y considerar las de los demás.

Cuanto más miedo hay más aparece la mentalidad de “nosotros y ellos” que separa a la sociedad. Los otros son los depredadores y nosotros las víctimas y si nos damos cuenta de que todos somos todo seguiremos acusando sin resolver las diferencias. Puedo continuar sintiéndome la víctima de tu parte perpetradora. O puedo ver qué partes mías se sienten así y porqué. ¿Qué miedo surgió cuando te escuché? Lo que no nos damos cuenta es de que la otra persona también tiene miedo. Experimenta lo mismo y se defiende atacando.

El problema radica en que, al aferrarnos a estas creencias, limitamos nuestra capacidad de aprendizaje y desarrollo. Las ideas diferentes no deberían ser vistas como amenazas, sino como oportunidades para contrastar y enriquecer nuestro pensamiento. Aceptar esto requiere un cambio de perspectiva: no somos nuestras creencias; somos mucho más que eso.

En las opiniones distintas no deberíamos ver opiniones desencontradas, sino una historia diferente a la mía. Eso es todo.

El arte de opinar sin saber (y el desafío de comunicarnos mejor)

Todos conocemos a alguien que, sin ser experto, tiene opiniones firmes sobre cualquier tema. Ya sea sobre el deporte, la política, la cocina o incluso la mecánica del automóvil, su postura siempre parece ser la correcta. Estas personas, a menudo llamadas “todólogos” en redes sociales, representan una curiosa paradoja: saben poco, pero creen saber mucho.

Este fenómeno tiene nombre: el efecto Dunning-Kruger, que explica por qué las personas con menos conocimientos suelen sobreestimar su capacidad y actúan como si fueran especialistas, mientras que en el otro extremo está el síndrome del impostor, que lleva a quienes tienen un dominio real a dudar de sus conocimientos y permanecer en silencio para evitar críticas.

El miedo al juicio o las burlas públicas provoca que muchas personas con opiniones bien fundamentadas opten por guardar silencio. Esto genera un problema social: las discusiones públicas tienden a estar dominadas por quienes hablan más fuerte, no necesariamente por quienes tienen mejores argumentos.

La polarización también alimenta esta dinámica. La simplificación de los debates en “blanco o negro” —buenos contra malos, aliados contra enemigos— dificulta el entendimiento y el diálogo. Este hábito responde a la forma en que funciona nuestro cerebro, que busca procesar la información de manera rápida para ahorrar recursos. Sin embargo, esta tendencia a la simplificación elimina los matices y nos impide considerar puntos de vista diferentes.

Hay un impacto en nuestro cerebro cuando disentimos

Hablar con alguien que comparte nuestra perspectiva genera un efecto curioso en el cerebro: sincronización. Sentimos bienestar, nos abrimos a seguir charlando y lo disfrutamos.

Según un estudio de la Universidad de Yale, cuando estamos de acuerdo con alguien, nuestros cerebros trabajan en sintonía, activando áreas relacionadas con el pensamiento articulado, emociones agradables y las sensaciones de conexión y el entendimiento mutuo.

Representación gráfica de las áreas del cerebro que se activan cuando conversamos y estamos de acuerdo con el otro.

En contraste, cuando nos enfrentamos a opiniones diferentes, la dinámica cerebral cambia. Las zonas del lóbulo frontal, encargadas de procesos cognitivos complejos, se ven obligadas a trabajar más intensamente. Además, aumenta la actividad en áreas vinculadas con el habla y disminuye la atención, el contacto visual y la escucha. Este desequilibrio puede llevarnos a encerrarnos en nuestros argumentos, dificultando el diálogo y generando una sensación de agotamiento.

Representación gráfica de las áreas del cerebro que se activan cuando discutimos.

8 claves para conversar sin desgastarnos

Si bien las discusiones pueden ser agotadoras, no tienen por qué ser destructivas.

¿Cómo conectarse y conversar con las personas que tienen opiniones opuestas y/o diferentes?

Aquí hay algunas claves para enfrentarlas de manera saludable:

  1. Identifica tu reacción interna. Pregúntate: ¿estoy rechazando la idea o la posibilidad de cambiar mi punto de vista? Este simple ejercicio puede ayudarte a separar tus emociones de los argumentos en juego. ¿Y si nuestras heridas fueran más comunes de lo que somos conscientes? ¿Cómo sería eso?
  2. Observa tus miedos. Pregúntate si al mantener esa charla sientes que te quieren hacer cambiar de opinión y si eso te da miedo. Identifica qué otros miedos pueden aparecer, como a no estar a la altura o no saber explicarte.
  3. Acepta las diferencias. Respetar una opinión no significa adoptarla. Puedes disentir sin invalidar al otro.
  4. Reconoce el dolor del otro. ¿Y si fuéramos capaces de ver las heridas en la otra persona? Ella también tiene una historia.
  5. Escucha activamente. Presta atención con genuino interés, incluso si no estás de acuerdo. Escuchar es una muestra de respeto y empatía que ayuda a reducir tensiones. No escuches solo para responder. Dedica tiempo a entender lo que la otra persona está diciendo, e imaginar de dónde proviene esa opinión.
  6. Evita los extremos. En una discusión, no siempre es necesario “ganar”. La realidad no es blanco o negro; hay una escala infinita de grises. Reconocer que nadie tiene toda la verdad puede abrir puertas a un diálogo más constructivo.
  7. Sé asertivo y compasivo. Al conversar, expresa tus ideas con claridad y respeto, evitando caer en el ataque o la defensa. Un enfoque asertivo fomenta la comunicación abierta y el entendimiento mutuo. Los lugares más difíciles a los que enviar compasión son a menudo los que más la necesitan. Pero primero tenemos que desarrollar compasión por nosotros mismos antes de poder transmitirla a los demás.
  8. Confirma el entendimiento. Asegúrate de que tu mensaje ha sido recibido como esperabas. Una simple pregunta como “¿me he explicado bien?” o reformular lo que el otro ha dicho con un “si te he entendido bien, decías que…” y esto puede evitar malentendidos y tensiones futuras.

Reflexión final: ¿conversar o discutir?

Discutir con personas que piensan diferente no tiene por qué ser una experiencia agotadora si aprendemos a gestionar nuestras emociones y reacciones. Al final, la diversidad de opiniones es lo que enriquece nuestra visión del mundo. Mantener una mente abierta, curiosa y respetuosa puede transformar las discusiones en valiosas oportunidades de crecimiento personal y las navidades pueden ser una oportunidad de ponerlo a prueba.

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Escrito por: Ángeles Wolder

Directora Instituto Ángeles Wolder. Autora del Libro “El Arte de Escuchar el Cuerpo” y de "El reflejo de nuestras emociones: la descodificación de los sentimientos a través del cine" y "Hambre Emocional".
Es licenciada en Kinesiología, Profesora en Enseñanza Universitaria, Licenciada en Antropología Social y Cultural, licenciada en Psicología y Máster en Psicosociología. Desde hace 10 años se ha centrado en comprender y observar cómo el ser humano y la humanidad gestionan los conflictos emocionales.

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