Saber acompañar: los tres pilares de un terapeuta en Descodificación Biológica

En este artículo

Hay una diferencia enorme entre saber qué hacer en terapia con un consultante y saber acompañarlo.

Lo primero puede aprenderse en un protocolo: conocer las herramientas, recordar sus pasos, hacer las preguntas adecuadas, encontrar el punto rojo del Bioshock (ese momento desestabilizador del sistema nervioso simpático)bajar al cuerpo y saber en qué momento utilizar cada recurso. Pero acompañar a otro ser humano es algo distinto. Porque frente a nosotros no hay un caso que resolver ni una historia que interpretar: hay una persona que, por un momento, ha decidido poner su confianza en nuestras manos.

Y quizá esto es algo que he comprendido con mayor claridad después de tantos años acompañando procesos terapéuticos y formando a otros terapeutas. Yo también estuve alguna vez del otro lado: sentada en un salón de clases, buscando respuestas para mi propia vida, sin imaginar todavía que aquella formación terminaría convirtiéndose no solo en una profesión, sino en una parte profunda de mi propio camino de transformación.

Llegué a la Descodificación Biológica en un momento de búsqueda personal. Estaba atravesando un proceso importante de transformación y, como sucede algunas veces en la vida, había empezado a preguntarme hacia dónde quería llevarla. Buscaba propósito, pero todavía no sabía exactamente qué estaba buscando. Me dejé guiar por las señales que aparecían en el camino y fui recogiendo pequeñas pistas, como quien encuentra fragmentos de un mapa sin saber todavía cuál será el destino.

Había muchas cosas que ya me habían formado y que habían sido importantes en mi propio proceso de transformación. Pero cuando comencé mi formación en Descodificación Biológica, que en aquel momento se llamaba “Diplomado de Descodificación Biológica Original” algo empezó a ordenarse de una manera diferente. Cada clase me abría una nueva posibilidad de comprender al ser humano. No solamente aprendía sobre el cuerpo: empezaba a descubrir su lenguaje.

Me sorprendía poder conocer los ritmos de cada órgano, la función de cada tejido, la manera en que cada parte participa de una totalidad. Y cuanto más aprendía, más difícil me resultaba pensar en el cuerpo como un conjunto de piezas independientes. Mente, cuerpo y emoción dejaban de parecerme compartimentos separados. Había una integración mucho más profunda, una historia que comenzaba mucho antes de nosotros y que también podía leerse desde nuestra propia biología.

Creo que ahí comenzó una de las transformaciones más importantes de mi manera de mirar: antes de aprender a acompañar a otro, necesitaba aprender a mirar de otra manera.

El primer pilar: saber

Para acompañar a otro primero hay que aprender a mirar. Y para mirar de verdad necesitamos conocer aquello que estamos mirando.

La formación en Descodificación Biológica implica adentrarnos en el cuerpo, conocer sus funciones, sus ritmos, cada órgano y cada tejido en sus distintas capas, así como sus reacciones en cada fase y el sentido biológico que podemos encontrar detrás de esos procesos. Aprendemos a reconocer un lenguaje: el lenguaje de la biología.

Y ese aprendizaje requiere mucho más que memorizar información. Requiere comprender cómo cada parte participa de una totalidad, cómo se relacionan los procesos y cómo aquello que observamos en el cuerpo puede adquirir un significado diferente cuando aprendemos a mirar desde una lógica biológica.

Es el primer nivel de un terapeuta en Descodificación Biológica: el saber. Porque no podemos acompañar aquello que no comprendemos. Y en este camino, comprender significa también maravillarnos. Cuando empiezas a conocer la extraordinaria precisión con la que funciona nuestro organismo, resulta difícil volver a mirarlo de la misma manera. Cada órgano, cada tejido, cada proceso parece ocupar su lugar dentro de una sinfonía mucho más grande que nosotros.

Dentro de este modelo aprendemos también las leyes biológicas descubiertas por el doctor Ryke Geerd Hamer. Se denominan leyes porque se cumplen al cien por ciento de las veces. Conocerlas nos permite comprender las reglas que organizan estos procesos y comenzar a leer aquello que el cuerpo expresa desde una perspectiva diferente.

El saber, entonces, no es solamente acumular datos. Es desarrollar una mirada. Es aprender a escuchar al cuerpo, incluso antes de que el consultante haya encontrado las palabras para contar su historia.

Y sí, hacen falta muchas neuronas y muchas horas, sentados frente a los apuntes, dibujando mapas mentales, relacionando conceptos y tratando de ordenar toda esa información que, al principio, parece inabarcable. Hay mucho que aprender, comprender, conectar y volver a mirar.

Pero con el tiempo he descubierto que el verdadero conocimiento no debería apagar nuestra capacidad de asombro; debería aumentarla.

Porque mientras más conocemos, más evidente se vuelve todo aquello que todavía desconocemos. Podemos estudiar la función de un órgano, comprender sus tejidos, sus fases, sus relaciones y sus procesos, y aun así quedarnos perplejos ante algo tan sencillo como el latido de un corazón.

Para mí, ese es uno de los grandes regalos de esta formación: que el conocimiento no tiene por qué alejarnos de la maravilla. Al contrario. Puede llevarnos a ella.

Y quizá por eso el saber nunca debería convertirse en un lugar donde creemos que ya llegamos. El terapeuta que deja de estudiar, de preguntarse y de sorprenderse empieza, poco a poco, a mirar al otro desde lo que cree que ya sabe. Y cuando eso ocurre, dejamos de mirar a la persona que tenemos enfrente para comenzar a encajarla dentro de nuestras propias respuestas.

Formación y aprendizaje para acompañar procesos terapéuticos.

El segundo pilar: saber hacer

Pero saber no es todavía saber hacer.

Podemos conocer las funciones del cuerpo, comprender las leyes biológicas, reconocer un sentido biológico y aprender una herramienta de intervención de principio a fin. Podemos incluso recordar cada paso de un protocolo. Y, sin embargo, eso no significa necesariamente que sepamos acompañar.

“Saber hacer” en este sentido implica convertir el conocimiento en una herramienta viva.

Pienso en un buen cocinero. No basta con conocer una receta de memoria ni con tener una cocina llena de utensilios. Hay que conocer cada herramienta, saber para qué sirve, cuándo utilizarla, cómo combinarla con las demás y, sobre todo, saber adaptarse a lo que está sucediendo en ese momento. Una misma receta puede requerir algo diferente dependiendo de quién la prepara, de los ingredientes que tiene delante y de aquello que necesita conseguir.

En terapia sucede algo parecido. Las herramientas son importantes, pero no existen para que nosotros cumplamos una serie de pasos. Existen para ponerse al servicio de una persona.

Porque frente a nosotros tenemos un consultante con una historia que no se parece exactamente a ninguna otra. Puede llegar con una herida que lleva años intentando comprender, con un dolor que todavía no puede nombrar, con un niño o una niña interior que sigue esperando ser escuchado/a, o simplemente con la esperanza de encontrar una salida allí donde ya ha intentado muchas cosas.

Por eso saber hacer también significa aprender a leer el momento. Saber cuándo preguntar y cuándo esperar. Cuándo profundizar y cuándo detenernos. Cuándo una herramienta puede abrir una puerta y cuándo insistir en abrirla sería violentar el proceso.

Ahí es donde la técnica comienza a encontrarse con el vínculo.

Y es precisamente ahí donde el “saber hacer” se encuentra con la ética.

Porque cuando una persona se sienta frente a nosotros y decide contarnos aquello que quizá nunca había podido decirle a nadie, no solamente está compartiendo información. Está depositando confianza.

A veces llega con años de dolor, con vergüenza, con miedo, con preguntas que no se ha atrevido a formular y con una esperanza que quizá ni siquiera sabe cómo nombrar.

Por eso, tener herramientas terapéuticas también implica tener la responsabilidad de saber utilizarlas.

No todo lo que podemos hacer necesitamos hacerlo.

No toda puerta que encontramos abierta tenemos que atravesarla. Y no todo aquello que aparece en una sesión necesita ser intervenido inmediatamente.

La confidencialidad, el respeto por el proceso del consultante, el conocimiento de nuestros propios límites y la preparación continua no son elementos accesorios de este oficio. Forman parte de él.

Un terapeuta responsable no solamente se pregunta: ¿qué herramienta puedo utilizar aquí? También se pregunta: ¿qué necesita esta persona de mí en este momento? Y, algunas veces, la respuesta será intervenir. Otras veces será esperar. Puede ser detenernos, cambiar de dirección o reconocer con honestidad que necesitamos otra mirada y que lo más responsable es derivar.

Porque “saber hacer” también significa saber nuestros límites y hasta dónde podemos acompañar.

Y esa frontera no nos hace menos terapeutas. Al contrario: reconocer nuestros límites también es una forma de cuidar al otro.

Terapeuta escuchando a una persona durante un proceso de acompañamiento.

El tercer pilar: saber ser

¿De qué serviría todo el conocimiento y todas las herramientas si, siguiendo la misma metáfora, una persona pone su corazón en nuestras manos y nuestras manos están heridas?

No podríamos sostenerlo, ¿no es así?

El “saber ser” comienza por una tarea que, para quienes acompañamos procesos, puede ser de las más incómodas, retadoras y también de las más necesarias: mirarnos a nosotros mismos primero.

No solamente reconocer nuestras capacidades, sino también nuestras heridas, nuestras historias, nuestros límites, nuestras propias necesidades como terapeutas y seres humanos, y aquellos lugares en los que todavía podemos confundir lo que pertenece al otro con lo que pertenece a nuestra propia historia.

Porque acompañar no significa involucrarnos en la historia del otro. Significa poder acercarnos lo suficiente a su historia para comprenderlo, sin perdernos dentro de ella.

Para eso necesitamos cultivar una mirada cada vez más limpia, y podría decir amplia. Una mirada capaz de escuchar sin juzgar, sin minimizar, sin infantilizar y sin apresurarnos a buscar una explicación para todo. Muchas veces necesitamos aprender a sostener el silencio cuando el silencio es lo que la persona necesita. A veces no se trata sólo de hacer la pregunta correcta, sino de saber callar cuando el consultante finalmente ha llegado a la pregunta que necesitaba hacerse.

Y en estos años de experiencia, he entendido que hay momentos en terapia en los que nuestra intervención más importante puede ser: no intervenir. Y eso también se aprende.

Nuestras propias heridas no nos descalifican para acompañar a otro. No necesitamos estar completamente sanados, o haber comprendido toda nuestra historia. Lo que necesitamos es conocer estas heridas, y para eso necesitamos haberlas mirado con honestidad y, en la medida de lo posible, haber transitado nuestros propios procesos. Porque cuando una experiencia personal ha sido acompañada, comprendida e integrada, también puede convertirse en parte de nuestro bagaje como terapeutas.

Las historias de dos personas nunca serán iguales. No necesitamos haber vivido exactamente lo que vive un consultante para poder acompañarlo. No necesitamos haber atravesado una pérdida para comprender que perder a alguien puede doler profundamente. Pero cuando hemos vivido nuestro propio proceso de pérdida, cuando hemos conocido ese vacío y hemos aprendido a transitarlo, quizá podamos reconocer algunos matices de ese dolor desde un lugar diferente.

No para decirle al otro cómo debería vivirlo (porque su historia le pertenece y como ya dijimos nunca será igual a la nuestra), sino para mirar con mayor amplitud, con más humanidad y con menos necesidad de encontrar respuestas rápidas.

Nuestros aprendizajes también forman parte de las herramientas con las que acompañamos. Todo aquello que hemos trabajado en nosotros puede ampliar nuestra mirada, siempre que sepamos diferenciar nuestra

experiencia de la del otro. Y quizá ahí esté una de las grandes diferencias entre utilizar la propia historia como recurso o utilizarla para interpretar la historia del otro.

Como terapeuta en Descodificación Biológica no necesitas haberlo vivido todo. Necesitas estar dispuesto/a a seguir mirándote, aprendiendo y reconociendo aquello que todavía no conoces de ti mismo/a.

El “saber ser” también es aprender a estar presentes. Escuchar con todos nuestros sentidos, no solamente con los oídos. Observar aquello que se dice y también aquello que todavía no puede nombrarse con palabras. Percibir un cambio en la respiración, un gesto, un silencio, una palabra que se repite o una emoción que aparece justo cuando algo importante está siendo tocado.

Y para poder escuchar de esa manera necesitamos estar disponibles. No estar pensando en la siguiente pregunta, en el siguiente protocolo o en cuál será nuestra intervención. Estar realmente ahí. Es lo que también representa la frase “ponerse al servicio del otro”.

Porque quizá uno de los mayores aprendizajes de estos años ha sido comprender que no siempre tenemos que hacer algo para que algo suceda. Hay momentos en los que una persona necesita una pregunta. Otros en los que necesita una herramienta. Y hay momentos en los que necesita, sencillamente, que alguien pueda permanecer ahí con ella, sin apresurarla, sin juzgarla y sin intentar quitarle inmediatamente aquello que está sintiendo. Me he encontrado con personas en terapia que se sienten liberadas y sanadas por el simple hecho de sentirse escuchadas. Así es que estar presente para escuchar con el corazón es la herramienta que quizá más nos puede ser útil en el momento de acompañar al otro.

Quizá por eso el “saber ser” nunca termina de aprenderse. Es un ejercicio cotidiano de presencia, de humildad y de revisión. De recordar que, aunque llevemos años acompañando procesos, cada persona que se sienta frente a nosotros vuelve a enseñarnos algo que todavía no sabíamos. Me pasa todo el tiempo.

Porque un terapeuta no deja de formarse cuando recibe un certificado. En realidad, ahí comienza otra parte de su formación: la que ocurre cada vez que se atreve a seguir transformándose a sí mismo.

Terapeuta practicando la escucha consciente y el acompañamiento.

Los tres saberes

Con los años he comprendido que estos tres saberes no existen por separado.

El “saber” nos da comprensión. El “saber hacer” nos permite poner ese conocimiento al servicio de otro. Y el “saber ser” nos recuerda desde dónde estamos acompañando.

Podemos saber muchísimo y no saber acompañar. Podemos tener muchas herramientas y utilizarlas sin escuchar realmente a quien tenemos enfrente. Y podemos tener una gran sensibilidad y la mejor intención, pero sin el conocimiento y la preparación necesarios para sostener responsablemente un proceso.

Por eso, para mí, formarse como terapeuta no consiste únicamente en aprender una metodología. Es aprender a integrar conocimiento, experiencia, técnica y humanidad.

En este sentido, reconozco profundamente el valor del Diplomado en Descodificación Biológica que ofrece el Instituto Ángeles Wolder. En él no solo encontré una formación sólida en los fundamentos y las herramientas de este enfoque, sino también un espacio que me permitió comprender la importancia y la relevancia de cada uno de estos saberes en la vida de un terapeuta. Y, sobre todo, un espacio para seguirme renovando y mejorando, no solamente en mi profesión, sino como ser humano, porque egresar no significa que el proceso termine. Como terapeutas, tenemos la responsabilidad de seguir cultivándolos, profundizándolos y actualizándolos a lo largo de nuestra práctica profesional y de nuestra vida.

Si quieres conocer un poco más sobre la Descodificación Biológica antes de formarte en profundidad, puedes apuntarte al curso gratuito: ‘¿Qué es la Descodificación Biológica? y comenzar a conocer esta mirada. En este curso, Ángeles Wolder te propone conectar con tus sensaciones corporales y observar tu cuerpo cuando recuerdas un evento estresante.

La formación que continúa

Yo también fui una de esas personas que llegó a la Descodificación Biológica buscando comprender y sanar su propia historia. No llegué solamente para aprender una profesión: llegué con preguntas, con experiencias que necesitaba comprender y con el deseo de encontrarle un sentido distinto a muchas cosas que había vivido.

Con el tiempo, aquella formación transformó no solo mi manera de mirar al otro, sino también mi manera de mirarme a mí misma. Me enseñó a escuchar mi cuerpo, a reconocer mis propios procesos y a comprender que

sanar no es llegar a un lugar donde ya no queda nada por trabajar. El “saber ser”, lo sigo comprobando cada vez que me siento frente a un consultante, no es un destino. Es una práctica.

Y quizá por eso, después de tantos años acompañando a otras personas y formando a nuevos terapeutas, sigo pensando que el mayor riesgo de un terapeuta no es no saber. Es creer que ya sabe.

Porque el día en que creemos haber entendido al ser humano, dejamos de mirarlo. Empezamos a buscar lo que confirma lo que ya conocemos, a escuchar desde nuestras respuestas, a acomodar cada historia dentro de un mapa que creemos terminado. Y el ser humano siempre será más grande que cualquier mapa.

Por eso sigo estudiando. Sigo preguntándome. Sigo encontrando cosas que no sé. A veces basta con detenernos un momento y mirar algo tan cotidiano como un corazón latiendo sin que nosotros tengamos que darle la orden, o recordar que dentro de nosotros existen procesos que probablemente nunca llegaremos a comprender del todo. Después de tantos años estudiando el cuerpo, todavía puedo quedarme sorprendida frente a él.

Y creo que ese es uno de los regalos más grandes de este camino: aprender mucho sin perder la capacidad de asombrarnos. Porque un buen terapeuta no es quien tiene todas las respuestas. Es quien conserva la humildad suficiente para seguir mirando al otro (y también a sí mismo) y preguntarse: ¿qué más hay aquí que todavía no estoy viendo?

Si este artículo te ha abierto preguntas sobre qué significa realmente acompañar a otra persona y sobre el camino para formarte como terapeuta, el Diplomado Online en Descodificación Biológica puede ser un siguiente paso para profundizar en los fundamentos y herramientas de esta mirada. Conoce el Diplomado Online en Descodificación Biológica aquí.

Preguntas frecuentes sobre la Descodificación Biológica y el acompañamiento terapéutico

¿Qué es la Descodificación Biológica y en qué se diferencia de otras terapias?

Es un enfoque que parte de las leyes biológicas descubiertas por el doctor Ryke Geerd Hamer, y que permite leer lo que el cuerpo expresa desde una lógica distinta: no como síntomas aislados, sino como parte de una historia que integra mente, cuerpo y emoción. No sustituye la mirada de otros enfoques terapéuticos; ofrece un lenguaje adicional para comprender al ser humano.

¿Basta con conocer el protocolo para saber acompañar a un consultante?

No. Conocer las herramientas es el primer paso, pero acompañar requiere algo más: saber leer el momento, cuándo preguntar, cuándo esperar, cuándo intervenir y cuándo no. Ahí es donde la técnica se encuentra con la ética y con el vínculo, y es una de las distinciones más importantes que se trabajan a lo largo del Diplomado en Descodificación Biológica.

¿Un terapeuta necesita haber sanado completamente sus propias heridas para poder acompañar a otros?

No. Necesita conocerlas, haberlas mirado con honestidad y, en la medida de lo posible, haber transitado su propio proceso. Las heridas no descalifican a un terapeuta; lo que sí importa es saber diferenciar la propia historia de la del consultante, para no interpretar desde ahí.

¿Para quién es el Diplomado en Descodificación Biológica del Instituto Ángeles Wolder?

Para quienes buscan una formación sólida en los fundamentos y herramientas de este enfoque, pero también un espacio de transformación personal propia. No es solo una certificación profesional: es, para muchos, parte del propio camino de sanación antes de convertirse en la herramienta con la que acompañan a otros.

¿Cómo saber si necesito terapia con Descodificación Biológica o formarme como terapeuta?

Ambos caminos, en realidad, casi siempre empiezan en el mismo lugar: una pregunta personal que todavía no tiene respuesta. Por eso, dentro del Diplomado en Descodificación Biológica también se pide a quienes se están formando que vivan el proceso desde el otro lado: como consultantes, acompañados por otro profesional. Porque no se puede sostener el proceso de otro sin conocer, en carne propia, lo que se siente confiar tu historia a alguien más.

Si estás en ese momento, (ya sea porque buscas comprender algo que te duele, o porque estás por comenzar tu formación como terapeuta y necesitas vivir primero ese lugar de consultante) puedo acompañarte. Puedes agendar una sesión conmigo aquí.

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Aclaración: La Descodificación Biológica es un acompañamiento emocional complementario, no sustitutivo de ningún otro tratamiento médico, que el cliente escoge libremente para su bienestar emocional. Debe aclararse que el Instituto Ángeles Wolder no da consejos médicos ni recomienda finalizar ningún tratamiento.

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Escrito por: Leslie Villatoro

Descodificadora Biológica, especialidad en Trastornos Alimenticios, Obesidad y Sobrepeso. Conferencista y escritora.

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