Informe PISA, Inteligencia Artificial y pensamiento propio

En este artículo

Esta semana se han publicado los resultados de PISA 2025 y han vuelto a encenderse las alarmas sobre la educación. Los datos merecen atención, pero no quiero utilizarlos como la gran referencia para determinar si los jóvenes saben pensar. Una prueba puede evaluar la comprensión de un texto, la resolución de un problema o la capacidad para distinguir hechos de opiniones. Difícilmente puede mostrarnos por completo si una persona se cuestiona, relaciona lo aprendido con otros ámbitos, revisa una conclusión o es capaz de formular una pregunta que nadie le ha enseñado.

PISA 2025: qué dicen realmente los resultados publicados en 2026

La OCDE evaluó a más de 760.000 estudiantes de 15 años en 91 países y economías. España ha obtenido sus resultados más bajos en lectura, matemáticas y ciencias, con una caída especialmente pronunciada en lectura. El descenso también se observa en otros países de la OCDE, cuyo promedio se sitúa en sus niveles más bajos desde que existen registros comparables. Los resultados de PISA 2025 fueron publicados el 8 de septiembre de 2026.

PISA mide competencias importantes. Sin embargo, cualquier prueba estandarizada observa una parte del pensamiento dentro de unas condiciones determinadas. Muchos exámenes evalúan especialmente nuestra capacidad para recordar una información, seguir unos pasos y llegar a la respuesta esperada. Estas habilidades son necesarias, pero conocer un procedimiento no garantiza que hayamos comprendido lo que hacemos. Podemos aprender a responder correctamente y quedarnos sin recursos cuando cambia el orden, la pregunta se formula de otra manera o aparece una situación distinta de la practicada.

Los resultados de PISA me han traído un recuerdo de mi infancia. Cuando mi padre me ayudaba a estudiar y me hacía una pregunta diferente de la que yo esperaba, me ponía muy nerviosa. Le respondía: “Así no se pregunta. La profesora ha dicho que tiene que ser así. Solo me lo sé si me lo preguntas en este orden”.

Yo había estudiado y podía reproducir la respuesta, pero necesitaba que la pregunta siguiera exactamente el camino aprendido. Si mi padre cambiaba una palabra o alteraba la secuencia, sentía que ya no sabía responder. En ese momento no podía verlo, pero hoy entiendo que había aprendido la forma sin haber integrado todavía el sentido.

Este recuerdo contiene una parte importante de la reflexión que quiero plantear. Podemos obtener buenos resultados siguiendo una secuencia y, al mismo tiempo, tener dificultades para utilizar lo aprendido fuera de ella. También podemos fallar en una prueba y poseer capacidades que ese examen no alcanza a observar. Por eso, en lugar de convertir PISA en el diagnóstico de una generación, sus resultados pueden conducirnos hacia una pregunta más amplia: ¿cómo estamos aprendiendo a pensar?

Me interesa saber si la educación permite recordar y ejecutar, pero también si enseña a comprender, relacionar, dudar, cambiar de perspectiva y explicar por qué hemos llegado a una conclusión. Estas capacidades serán todavía más importantes en un contexto en el que una herramienta puede producir una respuesta correcta, ordenada y convincente en pocos segundos.

Los jóvenes ya utilizan Inteligencia Artificial y seguirán haciéndolo. Prohibirla no resolverá el problema y aceptarla sin criterio tampoco. Tendremos que diseñar actividades en las que su uso obligue a comparar respuestas, comprobar fuentes, detectar omisiones, separar hechos de inferencias y explicar qué ha cambiado desde una primera propuesta hasta el resultado final. También tendremos que preguntar qué parte del trabajo todavía no se comprende.

Obtener una respuesta y comprenderla son actividades diferentes.

Adolescentes utilizando sus móviles y consultando contenidos en redes sociales.

Por qué todo suena igual en redes sociales (y qué tiene que ver la IA)

No sé si te pasa lo mismo que a mí, pero últimamente tengo la sensación de que muchas publicaciones se parecen demasiado. Cambian la cuenta, la imagen y el tema, pero permanece el mismo tono. Encuentro muchos “a veces”, muchos “no es esto, es lo otro” y muchas afirmaciones sobre lo que sentimos, lo que necesitamos o la explicación profunda de lo que nos ocurre.

Una publicación sobre el sistema nervioso, una reflexión terapéutica, el texto de una marca y el relato de una película pueden terminar pareciendo escritos por la misma persona. La estructura también se repite: se presenta una experiencia cotidiana, se niega la interpretación más evidente, aparece una explicación supuestamente más profunda, se añade vocabulario emocional o neurobiológico y se cierra con una frase que invita a identificarse, guardar la publicación o escribir por privado.

¿Significa esto que todos esos textos se han generado con inteligencia artificial? No podemos saberlo únicamente por su estilo. Los detectores ofrecen estimaciones, pero producen falsos positivos y falsos negativos. Una evaluación de seis herramientas encontró una precisión global del 39,5 %, que descendía al 17,4 % cuando los textos habían sido modificados. Sus autores concluyeron que estos detectores no debían utilizarse por sí solos para determinar una infracción académica. El estudio se publicó en 2024 en International Journal for Educational Integrity. Otra investigación encontró resultados muy bajos cuando los detectores se enfrentaban a textos de modelos y ámbitos diferentes de los utilizados durante su desarrollo. Tufts, Zhao y Li, 2025.

Yo misma he probado detectores con documentos cuyo origen conocía y he comprobado que algunos textos generados con IA no eran identificados. Mi experiencia no permite evaluar científicamente estas herramientas, pero coincide con una limitación conocida: el resultado de un detector es un indicio estadístico, no una prueba de autoría.

Tampoco quiero convertir este artículo en una acusación hacia personas o cuentas concretas. Un texto puede haber sido escrito enteramente por una persona y reproducir los mismos patrones. La pregunta que me interesa es otra: ¿hay un pensamiento o una reflexión detrás de lo publicado?

¿La persona puede explicar y defender lo que afirma? ¿Distingue una observación de una atribución causal? ¿Ha considerado otras variables? ¿Podría reconocer en qué circunstancias su explicación no sería válida? ¿El texto aporta conocimiento o se limita a producir identificación?

La inteligencia artificial influye en esta homogeneización, pero probablemente también estamos aprendiendo a escribir como ella. Hemos incorporado sus estructuras porque son rápidas, reconocibles y funcionan bien en redes.

Publicaciones de redes sociales con textos y estructuras cada vez más similares.

La apariencia de profundidad: cuando el lenguaje terapéutico no dice nada

Durante los últimos meses he ido guardando publicaciones de sectores muy distintos. Me interesa la repetición de algunas fórmulas que parecen reflexivas, terapéuticas o científicas y que, al examinarlas, aportan muy poca información. He denominado a este efecto profundidad prefabricada, pero puedes ponerle el nombre que tu consideres.

La frase que no dice nada: “A veces…”

“A veces no necesitas descansar. A veces solo necesitas volver a ti”.
La expresión parece introducir un matiz, pero evita concretar. ¿Cuándo ocurre? ¿En qué personas? ¿En qué condiciones? ¿Qué significa “volver a una misma” y cómo se distingue esa necesidad de la necesidad real de descanso?
La frase queda protegida frente a cualquier objeción porque no realiza una afirmación suficientemente precisa como para poder examinarla.

La falsa revelación: “no es esto, es lo otro”

“No te falta fuerza de voluntad. Hay una parte de ti que todavía no puede mantener el cambio”.
Esta estructura promete una revelación. Primero invalida una explicación conocida y después ofrece otra que parece más profunda. Con frecuencia construye una falsa oposición. En la dificultad para mantener un cambio pueden intervenir simultáneamente la voluntad, los hábitos, el aprendizaje, la salud, la historia personal, los recursos disponibles y las condiciones de vida.
Una explicación emocional puede ser pertinente. El problema aparece cuando se presenta como la causa sin haber investigado las demás variables.

El mito del “sistema nervioso agotado”

Esta es una de las afirmaciones que más me preocupa cuando la publica un profesional. ¿Qué significa exactamente que un sistema nervioso esté agotado? No es una categoría clínica ni explica por sí misma ningún mecanismo.

El sistema nervioso autónomo regula funciones involuntarias mediante sus divisiones simpática, parasimpática y entérica. Interviene en la frecuencia cardiaca, la respiración, la digestión y otras respuestas fisiológicas. Su funcionamiento es bastante más complejo que la oposición divulgativa entre “activación” y “descanso”.

Podemos hablar de estrés mantenido, fatiga, activación autonómica, carga alostática o dificultades para responder ante determinadas situaciones, pero cada concepto necesita ser definido y evaluado. Las experiencias vitales influyen en nuestra forma de reaccionar, aunque no todas las dificultades se explican por un trauma. También intervienen la salud, el descanso, el entorno, la cultura, los vínculos, el aprendizaje y los recursos disponibles.

Decir “no eres vaga, tu sistema nervioso está en modo supervivencia” convierte una metáfora en una afirmación aparentemente clínica y atribuye una causa sin haberla investigado. Quien lee puede reconocerse en la publicación, concluir que ya sabe qué le ocurre y decidir contratar un servicio o reinterpretar su historia desde esa explicación. La identificación no demuestra que la explicación sea cierta.

Este fenómeno no ha comenzado con el sistema nervioso. Durante un tiempo, gran parte de las dificultades en las relaciones parecían poder explicarse mediante “tu estilo de apego”. Después llegaron las famosas red flags. Todo podía convertirse en una señal de alarma: una respuesta tardía, una diferencia de criterio, una forma distinta de vincularse o una conducta que nos incomodaba. Aprendimos a identificar indicios antes de aprender a comprender el contexto, distinguir un hecho aislado de un patrón o conversar sobre aquello que estaba ocurriendo.

Más tarde, las redes se llenaron de contenidos sobre el narcisismo. Cualquier comportamiento egoísta, una discrepancia, una relación dolorosa o una forma deficiente de comunicarse podían convertirse rápidamente en pruebas de que estábamos ante una persona narcisista. Nos convertimos en supuestos expertos en detectar un trastorno complejo a partir de unas pocas frases, una lista de señales o escenas relatadas desde una única perspectiva.

Ahora parece haber llegado el turno del “sistema nervioso agotado”. Cambian las palabras, pero se mantiene el recorrido: un concepto procedente de la psicología, la neurobiología o un modelo terapéutico se simplifica, empieza a circular como explicación general y termina convertido en una categoría desde la que interpretar cualquier experiencia.

Al popularizar estos conceptos, también borramos distinciones necesarias: una conducta que nos incomoda no siempre es una señal de peligro; tener un comportamiento egocéntrico no equivale a presentar un trastorno narcisista de la personalidad; identificar una pauta relacional no permite explicar toda una relación; haber vivido una experiencia difícil no confirma por sí solo la existencia de un trauma; sentirse cansado, desbordado o en alerta tampoco significa que el sistema nervioso esté “agotado”.

El patrón es el mismo: Primero reconocemos una frase y después buscamos ejemplos que la confirmen. Finalmente, dejamos de preguntar qué más podría estar ocurriendo. Así podemos obviar la historia concreta de la persona, sus condiciones de vida, su salud, sus relaciones, los recursos de los que dispone e incluso la posibilidad de que una conducta tenga explicaciones distintas en momentos diferentes. También dejamos fuera una pregunta fundamental: ¿qué información necesitaríamos para afirmar esto con responsabilidad?

La divulgación que pretendía ayudarnos a comprender termina ofreciéndonos etiquetas rápidas para clasificar experiencias, relaciones y personas. Además, el vocabulario científico concede a estas publicaciones una autoridad que rara vez se corresponde con la explicación ofrecida. La frase resulta convincente porque se parece a una explicación, aunque todavía no haya definido qué ocurre, por qué ocurre ni qué otras causas deberían valorarse.

Los conceptos clínicos pueden divulgarse y las metáforas pueden ayudarnos a comprender experiencias complejas. Cuando un profesional utiliza ese lenguaje, necesita aclarar qué está describiendo, qué límites tiene su afirmación y qué otras variables deben considerarse. De lo contrario, una hipótesis acaba presentándose como diagnóstico y una frase que genera identificación ocupa el lugar de la investigación que todavía no se ha realizado.

“Hay una parte de ti que…”: la terapia de partes banalizada

El trabajo con partes internas pertenece a modelos terapéuticos serios y necesita un encuadre que permita comprender qué significa hablar de una “parte”. El término puede ayudarnos a identificar posiciones internas, necesidades, temores, impulsos o formas de respuesta que entran en conflicto. Nombrarlas facilita observarlas y establecer un diálogo con experiencias que, de otro modo, pueden resultar difíciles de reconocer.

El problema emerge cuando este recurso se convierte en una explicación automática: una parte quiere avanzar, otra tiene miedo, otra intenta protegerte y otra todavía no está preparada. La fórmula sirve para interpretar prácticamente cualquier conducta y, precisamente por eso, puede impedir que investiguemos qué está ocurriendo en esa persona, en ese momento y dentro de sus circunstancias.

Una parte no constituye por sí misma una explicación causal. Decir que “hay una parte de ti que no puede mantener el cambio” todavía no aclara por qué sucede, qué función cumple esa respuesta, cuándo aparece, qué la intensifica ni qué condiciones permitirían actuar de otra manera.

Además, la contradicción forma parte de la experiencia humana. Podemos desear un cambio y sentir miedo ante sus consecuencias; querer continuar una relación y reconocer que nos hace daño; valorar una oportunidad y no disponer en ese momento de los recursos necesarios para aprovecharla. Esta ambivalencia no confirma necesariamente la existencia de una parte traumatizada. Dudar, revisar nuestras decisiones y experimentar posiciones internas diferentes también forma parte del pensamiento y de nuestra capacidad para evolucionar.

Cuando cualquier contradicción se interpreta como una parte que intenta protegernos de un trauma, volvemos a reducir la complejidad. ¿No puede estar influyendo el entorno? ¿Las condiciones materiales? ¿La relación con otras personas? ¿Los aprendizajes culturales? ¿Un cambio en los propios valores? ¿La información que ahora poseemos y antes desconocíamos? ¿La transformación que experimentamos a lo largo de la vida?

Incluso aquello que describimos como protección necesita ser examinado. Algunas respuestas pudieron tener una función adaptativa en otro momento, pero también podemos cambiar de opinión, descubrir nuevas necesidades o dejar de identificarnos con decisiones anteriores. No todo movimiento interno procede de una herida. También aprendemos, maduramos, nos contradecimos y modificamos nuestra manera de comprender el mundo.

El lenguaje de partes puede abrir preguntas muy valiosas cuando se utiliza con conocimiento y criterio. Puede ayudarnos a observar cómo se organizan distintas tendencias internas y qué relación mantienen entre ellas. Sin embargo, si antes de escuchar a la persona ya hemos decidido que existe una parte herida, asustada o protectora, el modelo deja de orientar la exploración y empieza a determinar de antemano lo que debemos encontrar.

La cuestión vuelve a ser la misma: ¿estamos utilizando el concepto para investigar la experiencia o para encajarla en una explicación que ya teníamos preparada?

La sucesión de frases aisladas: cuando el ritmo sustituye al argumento

“En aquel momento era ficción. Pero algo cambió. Llegó la pandemia. Hospitales bajo presión. Personas buscando respuestas”.

La fragmentación introduce ritmo y facilita la lectura rápida, aunque no siempre desarrolla el argumento. La disposición visual hace que una idea parezca más importante por ocupar varias líneas y convierte relaciones que necesitarían explicación en una secuencia dramática.

Los relatos comerciales de transformación

“Día 1: el cuero cabelludo respira. Día 30: el cabello se siente más fuerte. Día 60: recuperas la confianza que creías perdida”.
En tres pasos se mezclan una metáfora corporal, un cambio físico impreciso y la recuperación de la confianza. La cronología sugiere eficacia, pero desconocemos qué se ha medido, en cuántas personas, con qué comparación y qué otras variables podían intervenir.

Los textos terapéuticos intercambiables

“Cada proceso es distinto. Pero hay algo que se repite…”.
Después aparecen expresiones como “sentirse escuchado sin juicio”, “algo empieza a moverse”, “poner en palabras lo vivido”, “si algo de esto te movió” o “mirarlo desde otro lugar”.

Todo suena amable y compatible con una relación de ayuda. Sin embargo, no sabemos cómo trabaja esa profesional, qué observa, qué preguntas formula, cómo decide una intervención o qué caracteriza su práctica. El mismo texto podría publicarlo casi cualquier terapeuta.

Las palabras regular, escuchar, seguridad, proceso, cuerpo o sistema nervioso son necesarias en determinados contextos. Sin embargo,  aunque la acumulación de vocabulario terapéutico puede dar al texto una apariencia de profundidad, eso no significa que aporte valor, reflexión o cuestionamiento.

Pensamiento lineal, analítico y sistémico: tres formas de pensar

Pero ¿por qué nos lo creemos? ¿Por qué repetimos estas fórmulas? ¿Qué le ha pasado a nuestra curiosidad?

Una explicación sencilla reduce la incertidumbre. Si además utiliza un vocabulario que reconocemos como psicológico o científico, produce identificación y se repite en numerosos perfiles, puede adquirir apariencia de verdad sin que hayamos comprobado su fundamento. La familiaridad también influye: cuanto más encontramos una misma idea, más natural y cierta puede parecernos.

Las redes favorecen este tipo de respuesta. Necesitan captar la atención con rapidez, facilitar el reconocimiento y ofrecer una conclusión comprensible en pocos segundos. Preguntar por el contexto, admitir que desconocemos parte de la historia o contemplar varias hipótesis exige más tiempo y deja menos certezas. Sin embargo, comprender una experiencia requiere algo más que encontrar una frase en la que podamos reconocernos.

Aquí adquiere importancia nuestra manera de pensar. Podemos aceptar una explicación, examinar sus componentes o ampliar la mirada para observar cómo se relaciona con todo lo demás. Son movimientos que utilizamos en función de la situación. No definen tipos fijos de personas ni establecen una jerarquía de inteligencia. Cada uno cumple una función:

  • El pensamiento lineal encuentra una explicación que parece coherente y se queda con ella. Permite ejecutar tareas, seguir instrucciones y resolver muchas situaciones cotidianas.
  • El pensamiento analítico separa la respuesta en partes, comprueba datos, busca contradicciones y formula preguntas. Puede analizar bien cada elemento y dejar fuera las relaciones entre ellos.
  • El pensamiento estratégico sistémico amplía la observación hacia el contexto, las personas implicadas, las variables excluidas, las consecuencias y la coherencia del conjunto a lo largo del tiempo.

La diferencia puede observarse con facilidad ante una frase como “tu sistema nervioso está agotado”. El pensamiento lineal puede aceptarla porque parece explicar una experiencia. El analítico preguntará qué significa “agotado”, si el término es correcto y qué datos respaldan la afirmación. El estratégico sistémico incorporará otras preguntas: quién lo afirma, a quién se dirige, qué explicaciones está excluyendo, qué efectos puede tener en quien lo lee y qué responsabilidad asume el profesional al publicar esa interpretación.

El pensamiento lineal resulta útil para seguir una secuencia y el analítico permite examinar sus componentes. El pensamiento estratégico sistémico cobra especial importancia cuando trabajamos con personas, tomamos decisiones complejas o realizamos afirmaciones que pueden influir en la forma en que alguien interpreta su vida.

No necesitamos observar todas las situaciones con el mismo grado de profundidad. La cuestión está en reconocer cuándo una respuesta sencilla es suficiente y cuándo necesitamos ampliar la mirada. La madurez del pensamiento también consiste en saber desplazarnos entre estas tres formas de observar.

Ante una publicación terapéutica, el pensamiento estratégico sistémico podría formular preguntas como estas:

  • ¿En qué contextos podría ser cierta esta afirmación?
  • ¿Qué otras variables pueden estar interviniendo?
  • ¿Qué explicación está dejando fuera?
  • ¿Estoy describiendo algo que observo o atribuyendo una causa?
  • ¿Esta frase aporta información o principalmente produce identificación?
  • ¿Podría firmarla cualquier otro profesional?
  • ¿Qué puede ocurrir si alguien interpreta esta publicación como un diagnóstico?
  • ¿Qué responsabilidad asumo al utilizar vocabulario clínico o científico?

Estas preguntas no buscan complicar innecesariamente una explicación. Nos ayudan a distinguir entre una hipótesis que todavía debe investigarse y una conclusión que podemos defender.

Tres formas de pensamiento representadas como perspectivas lineal, analítica y sistémica.

Cuestionar también lo que hemos aprendido: pensamiento crítico y Constelaciones Familiares

Estas preguntas no deberían limitarse a lo que leemos en redes o a las respuestas que obtenemos de una inteligencia artificial. También alcanzan aquello que aprendimos en nuestras formaciones y que hemos seguido aplicando porque una persona experta nos aseguró que debía hacerse así.

Lo observo con claridad en las Constelaciones Familiares y me obliga a revisar continuamente nuestra manera de trabajar. Podemos aprender dónde se coloca un representante, qué frases se utilizan o qué movimientos aparecen con frecuencia. El riesgo surge cuando reproducimos esos recursos porque “se hace así”, porque nos los enseñó una figura reconocida o porque los hemos visto funcionar en otras ocasiones.

En la Formación online en Constelaciones Familiares intento que los estudiantes incorporen preguntas que deberían acompañarnos durante toda la práctica profesional: ¿quién afirma esto?, ¿por qué?, ¿de dónde procede esta interpretación?, ¿qué has observado para llegar a esa conclusión?, ¿qué otras explicaciones has considerado?, ¿qué tendría que ocurrir para que revisaras tu hipótesis?

Trabajar con Constelaciones Familiares resulta especialmente complejo porque es una herramienta a la que se le ha dado un uso incorrecto en numerosas ocasiones. Parte de esa dificultad procede de haber reducido la mirada sistémica a fórmulas simples que prometen explicar la vida de una persona mediante una única causa familiar. De ahí surgen publicaciones como: “Tienes problemas con tus parejas por culpa de tu abuela”.

Cada vez que leo algo así se me ponen los pelos de punta. Desconocemos qué dificultades tiene esa persona en sus relaciones, qué ha vivido, cómo elige a sus parejas, qué patrones se repiten, qué responsabilidad asume, qué condiciones rodean esos vínculos y qué relación guarda todo ello con su abuela. Sin embargo, la atribución causal se presenta como un descubrimiento cuando todavía no se ha investigado prácticamente nada.

Un caso real: Cuando la interpretación sustituye a la persona

Hace poco vi una intervención realizada durante una conferencia multitudinaria. Una mujer relataba que había sufrido maltrato por parte de su padre desde la infancia hasta los dieciocho años. Cuando expresó que no quería odiar, el profesional insistió: “Sí que quieres”, y propuso “odiar en sentido contrario”. Después interpretó que ella era el escudo de su madre, que se había identificado con su dolor y que estaba luchando una guerra que no le pertenecía.

La escena resulta especialmente preocupante por el contexto en el que ocurre. La mujer está expuesta ante un auditorio, hablando de una experiencia de maltrato, mientras una figura reconocida determina públicamente qué siente y qué lugar ocupa en su familia. Decir “no quiero” debería ser suficiente para detenerse y preguntar. En cambio, su negativa es contradicha hasta sustituirla por la interpretación del profesional.

Subir voluntariamente a un escenario no equivale a haber dado un consentimiento ilimitado para cualquier intervención. En un contexto multitudinario existe una clara asimetría de poder y puede resultar muy difícil interrumpir, cuestionar la propuesta o abandonar el ejercicio. La persona puede sentirse observada, comprometida a continuar o incapaz de contradecir a quien dirige la conferencia.

Durante la intervención, la mujer termina llorando delante de todos. Esa reacción puede producir en el público la impresión de que el profesional ha llegado a una verdad profunda. Sin embargo, el llanto no confirma la interpretación. Puede expresar dolor, exposición, impotencia, vergüenza, presión, miedo, confusión o el impacto de recordar una experiencia traumática ante numerosas personas.

Aquí aparece otro riesgo: convertir la intensidad emocional en una prueba de eficacia. Cuanto mayor es la reacción, más convincente puede parecer la intervención para quienes la observan. Provocar una emoción intensa, llegar “donde más duele” o conseguir que alguien llore no demuestra que se haya comprendido su experiencia ni que la intervención haya sido terapéutica.

Además, cuando una persona ha relatado una historia de maltrato, el cuidado debería aumentar. Contradecir su voluntad, decirle qué siente y presionarla para que adopte una emoción que ha rechazado puede reproducir una dinámica en la que otra persona decide por ella qué debe experimentar. La emoción de la consultante no puede convertirse en un recurso pedagógico o en un espectáculo destinado a demostrar la capacidad del profesional.

Una conferencia tampoco ofrece necesariamente las condiciones para evaluar cómo queda esa persona después, qué significado atribuye a lo ocurrido ni qué consecuencias tendrá la interpretación recibida. El público presencia el momento de intensidad, pero desconoce lo que sucede cuando la mujer abandona el escenario y vuelve a su vida con una nueva explicación sobre sí misma y sobre su madre.

Este tipo de escenas muestra por qué necesitamos cuestionar incluso las prácticas realizadas por personas reconocidas. La seguridad con la que alguien habla, el tamaño del auditorio o la emoción que consigue provocar no convierten su interpretación en verdad. La autoridad profesional debería aumentar la responsabilidad y el cuidado, especialmente cuando se trabaja públicamente con experiencias de violencia y trauma.

Por eso necesitamos revisar aquello que hacemos incluso cuando lo aprendimos de una figura experta. “Me lo enseñaron así” explica de dónde procede una práctica, pero no demuestra que sea adecuada para todas las personas ni para todos los contextos.

En constelaciones, el pensamiento lineal busca una correspondencia rápida: existe un problema actual, localizamos un antecedente familiar y establecemos una causa. El pensamiento analítico separa los elementos y comprueba si la interpretación encaja con la información disponible. El pensamiento estratégico sistémico amplía la mirada hacia las relaciones, el contexto, la historia, las condiciones presentes, los recursos, las consecuencias y la influencia que tiene la propia intervención sobre la persona.

Una mirada sistémica admite que una dificultad puede estar relacionada con distintos niveles de experiencia. Ninguna imagen obtenida durante una constelación nos autoriza, por sí sola, a convertir una hipótesis en un hecho. Constelar requiere observar lo que aparece sin obligarlo a confirmar lo que ya sabemos, tolerar que la explicación inicial pueda ser insuficiente y aceptar que la persona rechace nuestra interpretación.

La pregunta también debe dirigirse hacia quien acompaña: ¿estoy observando lo que la persona muestra o intento conducirla hacia el modelo que aprendí? ¿Estoy formulando una hipótesis o afirmando una verdad? ¿Qué parte de mi interpretación procede de la información disponible y cuál pertenece a mis expectativas, mi formación o mi necesidad de encontrar una explicación?

Esta es también la responsabilidad que tenemos ante la inteligencia artificial. Podemos utilizarla para ordenar información, revisar textos, recuperar decisiones o ampliar preguntas. Yo misma la utilizo de ese modo. Sin embargo, seguimos necesitando reconocer qué falta, qué no encaja, qué explicación se ha aceptado demasiado pronto y qué consecuencias puede tener aquello que afirmamos.

Una respuesta ordenada demuestra que hemos producido una forma reconocible. Un procedimiento bien ejecutado demuestra que conocemos sus pasos. El pensamiento aparece cuando podemos explicar por qué hacemos lo que hacemos, cuestionarlo y cambiarlo al encontrar una comprensión más amplia.

Quizá la pregunta con la que conviene cerrar no sea si la inteligencia artificial terminará pensando por nosotros. Me preocupa más saber si conservaremos la curiosidad y el criterio necesarios para darnos cuenta de cuándo hemos dejado de hacerlo.

Preguntas frecuentes sobre inteligencia artificial y pensamiento propio

¿La Inteligencia Artificial es mala para pensar?

No. La IA es una herramienta que ya se usa y se seguirá usando. El problema no es la herramienta, sino confundir obtener una respuesta con comprenderla. Lo importante es qué preguntas nos hacemos antes, durante y después de usarla.

¿Qué es la “profundidad prefabricada”?

Es el nombre que doy a fórmulas que suenan reflexivas o clínicas (“a veces…”, “tu sistema nervioso está agotado”, “hay una parte de ti que…”) pero que, al examinarlas, no aportan información verificable ni distinguen causas reales.

¿Qué puedo hacer, en la práctica, para no caer en explicaciones prefabricadas?

Hacerme preguntas simples ante cualquier afirmación: ¿en qué contexto sería cierta?, ¿qué variables deja fuera?, ¿es una observación o una causa que todavía no se ha investigado?, ¿podría firmarla cualquier otra persona?

¿Cuál es la diferencia entre pensamiento lineal, analítico y estratégico sistémico?

El lineal acepta una explicación que parece coherente y la usa para actuar. El analítico separa esa explicación en partes y comprueba si se sostiene. El estratégico sistémico amplía la mirada al contexto, las variables excluidas y las consecuencias de la afirmación. No son categorías de personas, sino movimientos que todos podemos hacer según la situación.

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Escrito por: Aranzazu Par Wolder

CEO del Instituto Ángeles Wolder, psicoterapeuta y consteladora familiar especializada en trauma y terapia integrativa. Licenciada en Psicología (UB), con formación en Constelaciones Familiares, trauma agudo y complejo y Descodificación Biológica. Desde 2015 dirige el Instituto Ángeles Wolder, acompañando procesos terapéuticos y formando a nuevos profesionales.

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