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La herida de rechazo: causas y cómo sanarla

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La herida de rechazo es una herida de la infancia que, igual que cualquier otra programación inicial en nuestra vida, se produce con el padre del mismo sexo y tiene origen entre los 6 meses y el primer año de nuestra vida.

Si un padre o una madre tienen la sensación de haber sido rechazados, por ejemplo, porque han sentido que no eran deseados o que sus padres no querían tenerlos, no han aprendido a aceptarse tal como son, ya que han pasado toda su vida creyendo que tienen que cambiar para poder serlo. Esto se traduce en un pensamiento de “mis padres no me aceptan, así que tengo que cambiar.”

Pero ¿qué sucede cuando queremos cambiar pero no lo conseguimos? Pues que vivimos en una lucha continua para poder conseguir esa aceptación externa.

Si tenemos herida de rechazo, nosotras somos las primeras personas que no nos aceptamos ni nos creemos merecedoras de la vida, y damos por hecho que esto es así y que no hay solución.

Causas de la herida de rechazo

Las vivencias de nuestros padres pueden provocar en nosotros una herida de rechazo.

Estos son algunos ejemplos:

  • “Sal de aquí.”
  • “Vete a jugar a otro lado.”
  • “Déjame tranquilo.”
  • “No puedo en este momento.”

Si los padres llenan nuestra infancia de comentarios que nos rechazan, esto se traducirá en que, de niños, sintamos que somos una molestia, que no servimos, que se nos quieren sacar de encima y que no nos quieren a su lado.

Síntomas y conflictos del rechazo

¿Cuáles son los síntomas que aparecen cuando nos sentimos rechazados?

Para reconocer una herida de rechazo, debemos fijarnos en dos tipos de síntomas:

  • Las enfermedades.
  • Los comportamientos.

Cuando de pequeños nos sentimos rechazados, a la vez sentimos que hay una parte de nosotros que no está bien, y es la dermis la que actúa ante la experiencia de ataque. 

Este ataque a la integridad puede llegar en forma de palabra o movimiento, en forma de algo que nos remueve y nos aleja, y lo percibimos como un “sal de aquí, no te quiero a mi lado.”

Por otro lado, si tenemos una herida de rechazo, manifestaremos comportamientos de retracción, aislamiento, de no soportar hacer cosas en equipo o de necesitar estar solos.

Por ejemplo, ¿qué ocurre cuando queremos estar con los amigos y, sin embargo, no tenemos esa capacidad de integración?

Pues que, a causa de haber entrado en este bucle repetitivo de comportamiento en el que no hemos querido participar en las actividades del grupo, finalmente hemos dejado de ser invitados.

Cuando esto ocurre, tenemos frustración afectiva, nos sentimos excluidos, rechazados y fuera de lugar, cosa que hace que aparezcan unos síntomas físicos.

Enfermedades y herida de rechazo

¿Qué enfermedades podrían ponerse más en evidencia cuando el rechazo ha programado algo en nuestra vida?

  • Enfermedades en las capas más profundas de la piel, como manchas o, en un caso extremo, melanoma;
  • Problemas coronarios, es decir, en venas y arterias, cuando no nos sentimos parte del grupo;
  • Afectaciones en vagina y cuello de útero cuando la persona que nos rechaza es nuestra pareja o alguien que consideramos que puede llegar a serlo;
  • Patología del recto inferior y de ano si sentimos que no tenemos un lugar en el grupo.

Dependiendo de la tonalidad con la que lo vivamos, tendremos unos síntomas u otros.

Comportamientos y personalidad de la herida de rechazo

¿Cuáles son los comportamientos que aparecen compensando la herida de rechazo? 

¿De qué formas queremos tapar eso que se nos activó hace tanto tiempo y que hoy está latente?

Cuando vemos que hemos sido rechazados por el padre del mismo sexo (que también tenía ese dolor del rechazo), nos comportamos de una forma determinada, especialmente para que las personas del mismo sexo no nos rechacen, alejándonos de ellas.

¿Cómo nos alejamos?

  • Estudiando mucho;
  • Aislándonos voluntariamente;
  • Sintiendo que no tenemos que molestar;
  • Hablando lo menos posible en un grupo para pasar completamente desapercibidos;
  • En grado extremo, desarrollando fobia social o miedo a hablar en público.

Por eso, la máscara que usamos es la de la retirada, y lo hacemos de la siguiente forma:

  • Prefiriendo hacer las cosas en un espacio pequeño;
  • Cada vez teniendo menos amigos;
  • Peleándonos con la gente para no tener que salir en otro momento;
  • Poniendo excusas cuando nos invitan a reuniones. 

Y, al final, dejan de invitarnos a causa de esos patrones repetidos de comportamiento (si invitamos a una persona pero esta nunca se presenta, acabaremos pensando que no está interesada).

En ese comportamiento de retirada buscamos tareas muy específicas, como la informática, porque la máquina no nos puede hacer sentir rechazados; o bien la pintura, porque somos muy creativos e imaginativos y, en nuestro mundo, nos desenvolvemos perfectamente.

En cambio, trabajar en equipo nos cuesta mucho, aunque éste solo sea de dos o tres personas. Tenemos una autoestima muy baja y nos autosaboteamos, porque conseguir el éxito implica estar con mucha gente, cosa que nuestro cerebro percibe como peligro, y preferimos fracasar.

Ejemplo: “Quiero iniciar un trabajo de atención al cliente, pero me aterra todo lo que pueda venir del otro lado porque despierta mi propia herida de rechazo.”

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Manifestaciones físicas del rechazo

A nivel corporal, si tenemos herida de rechazo, nuestro cuerpo suele ser más pequeño y frágil y nos mostramos menos, usando ropa grande para no exponernos y tapándonos la cara con el pelo para evitar ser vistos.

Tenemos un gran dolor y hay mucho trabajo por hacer.

Perfeccionismo: ¿cómo se relaciona con la herida de rechazo?

Cuando, de niños, sentimos el rechazo, acabamos por hacernos comentarios como:

  • “Todo yo soy malo.”
  • “Por algo me han rechazado.”
  • “La culpa es mía.”
  • “Mis padres son los mejores.”
  • “Soy lo peor.”
  • “No merezco nada.”
  • “No puedo triunfar.”
  • “Necesito aislarme y estar solo.”

Ante toda esta negatividad, necesitamos demostrarnos a nosotros mismos que podemos hacerlo bien, y nuestra conducta propia de comprobación va a ser el perfeccionismo.

El niño (y adulto) que se ha sentido rechazado tiene la necesidad de ser minucioso y hacer cosas imperceptibles que pueden llegar a ser imposibles para otras personas.

Ejemplo: “Si perfecciono algo, voy a ser aceptado; si soy mucho mejor de lo que era cuando mis padres me rechazaron, voy a tener la posibilidad de una aceptación.”

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Encontramos refugio en la perfección

Queremos controlar y perfeccionar, hacer las cosas poco a poco. Si no nos gusta una tarea, nos equivocamos porque no tenemos ese punto de control.

En cambio, perfeccionamos las tareas que nos gustan porque así nos ha pasado en la vida; hemos sido rechazados por lo que no hemos gustado, pero amados por lo que sí ha gustado de nosotros.

Y es aquí, en el perfeccionismo, igual que en la herida del rechazo, donde podemos revisar momentos muy concretos que nos lleven hacia ese instante en que nuestra excelencia fue útil para nosotros y para nuestra familia.

Vimos un rayo de luz ese día en que lo hicimos bien y, a partir de ahí, empezamos a sentir que teníamos que hacerlo todo cada vez mejor.

Pero hacerlo mejor significa perder la oportunidad de simplemente hacerlo.

¿Por qué? Porque nos limitamos por miedo a equivocarnos. Nos centramos en lo que nos da extrema confianza y dejamos de hacer lo que no conocemos; nos podríamos equivocar, y eso no podemos soportarlo si tenemos esta máscara puesta.

Diferencia entre herida de rechazo y abandono

En el abandono, la persona que nos abandona dice “no puedo estar contigo”, mientras que en el rechazo nos dicen “no te quiero a mi lado.”

Hay dos formas en las que podemos reaccionar ante este tipo de comentarios:

  • Unos diremos “me han abandonado.”
  • Otros afirmaremos “me han rechazado.”

¿Cuál es la solución? Desprogramar la herida de rechazo.

¿Y cómo lo haremos? Aprendiendo a ver el problema de otra manera, a través de nuestro comportamiento, observando cómo interactuamos con las personas.

Tirando de ese hilo, llegaremos a comprender cómo es nuestro comportamiento transversal, es decir, en cualquier tipo de relación (de pareja, de amistad, con hermanos u otros familiares), cosa que nos ayudará a saber si tenemos una herida de abandono o una herida de rechazo y que nos permitirá actuar sobre ellas para sanar.

Cómo sanar la herida de rechazo con biodescodificación

El objetivo es identificar qué nos ocurrió y observar el elemento que tuvo que ser rescatado para que pudiéramos sobrevivir a eso con el objetivo de que nuestros padres nos quisieran. Esa vivencia es la que hemos extrapolado en el camino.

Hoy en día, la reactividad no tiene sentido con toda la información que tenemos, con el nivel de consciencia en el que podemos estar. Una vez nos sacamos esa máscara de retraimiento, la creatividad explota, nos desborda, y puede ser grandioso.

Salvador Dalí dice en sus memorias que se sintió rechazado por su madre, que había perdido un hijo un año antes de que Dalí naciera y que se llamaba también Salvador. “Nunca supe a quién le hablaba mi madre”, explicó. Pero él decidió crear y, a través de esa especie de locura que creaba, fue sanando su vida, evolución que se puede ver en su pintura.

Su obra contacta con nuestros propios dolores.

Qué sucede cuando sanamos

¿Qué nos espera después de este trabajo? Pues que saldremos a la luz, brillaremos, podremos mostrarnos con facilidad y nos daremos cuenta de nuestra propia fragilidad y vulnerabilidad, pero lo sabremos aceptar.

Entenderemos que la vida nos trajo una situación concreta en un momento determinado, pero aprenderemos a usar esa experiencia como un trampolín para ofrecer todo lo que hemos aprendido en el camino.

También aprenderemos a ser muy felices en nuestra soledad y a no querer hacer nada para cambiarlo. Que cada uno haga su camino y que no nos metamos en la decisión de vida del otro.

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Herida de rechazo

Ejercicio para trabajar el rechazo

Si tenemos herida de rechazo, la primera invitación es descodificarla o trabajarla para ir al origen y liberarnos de ese dolor.

Pero mientras tanto, te propongo el siguiente ejercicio.

Primera parte

  1. Te voy a proponer que te desnudes y te coloques delante de un espejo grande para poder verte el cuerpo entero. Observa desde el primer cabello hasta las uñas de los pies e identifica todo lo que rechazas.
  2. Graba o anota todos los pensamientos que lleguen de rechazo.
  3. Haz una lista y repasa todo lo que no quieres ver de ti misma.

En la vida, lo que sentimos que nos hicieron también nos lo hacemos nosotros; así pues, el objetivo de esta parte del ejercicio es entender cómo me lo hago yo.

Segunda parte

  1. Una vez vestida, busca a 5 personas de referencia con las que hayas tenido más contacto en el último tiempo: tu pareja, hijos, hermano o hermana, amigos, etc.
  2. Escribe o graba al menos 5 pensamientos, sentimientos y acciones de rechazo que hayas tenido para con esas personas. ¿Qué pensamientos? “No quiero ni ver a esa persona.” ¿Qué acciones? “No voy a invitarla a la fiesta.” Me lo hicieron, me lo hago y lo hago.
  3. Pon un resignificado a lo que tú hagas a otras personas. Por ejemplo, qué tal si en lugar de decir que una persona es pesada, empiezas a imaginártela como una burbuja de agua y jabón. Así, cada vez que veas a esa persona, al menos al principio, te imaginarás esa burbuja, y verla será cada vez más liviano. Le quitarás el hierro que le estás poniendo y también el peso a eso que estás alimentando para alimentar una cosa diferente.

Y este mismo ejercicio que hagas con esas 5 personas, hazlo también con todo lo que te dices a ti misma.

Verás como poco a poco tu trabajo tiene resultados; lo que cambia en ti, cambia afuera.

© Instituto Ángeles Wolder – Todos los derechos reservados.

Aclaración: La Descodificación Biológica es un acompañamiento emocional complementario, no sustitutivo de ningún otro tratamiento médico, que el cliente escoge libremente para su bienestar emocional. Debe aclararse que el Instituto Ángeles Wolder no da consejos médicos ni recomienda finalizar ningún tratamiento.

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Ángeles Wolder

Ángeles Wolder

Directora Instituto Ángeles Wolder. Autora del Libro “El Arte de Escuchar el Cuerpo” y de "El reflejo de nuestras emociones: la descodificación de los sentimientos a través del cine" y "Hambre Emocional". Es licenciada en Kinesiología, Profesora en Enseñanza Universitaria, Licenciada en Antropología Social y Cultural, licenciada en Psicología y Máster en Psicosociología. Desde hace 10 años se ha centrado en comprender y observar cómo el ser humano y la humanidad gestionan los conflictos emocionales.
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