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Cómo acompañar ante una situación de emergencia y catástrofe: guía básica

En este artículo

El 24 de junio de 2026, dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el norte de Venezuela con apenas 39 segundos de diferencia entre ambos, afectando especialmente a Caracas, La Guaira y otras zonas del centro y norte del país. Cientos de edificios se han derrumbado y miles de personas continúan atrapadas bajo los escombros mientras equipos de rescate nacionales e internacionales trabajan contra el tiempo. Es uno de los desastres más devastadores que ha vivido el país en más de un siglo.

Nuestro primer pensamiento está con Venezuela y con todas las personas afectadas por esta catástrofe. Compartimos en este espacio algunas orientaciones con la esperanza de que puedan ser de utilidad a quien acompaña o atraviesa una situación de emergencia.

¿Cuáles son las reacciones más habituales ante una situación de catástrofe?

Ante una situación de emergencia, el ser humano pone en marcha diferentes estrategias de supervivencia para poder asimilar y reaccionar ante lo que está ocurriendo. La manera de reaccionar de cada uno de nosotros dependerá de muchos factores, puesto que no nos encontramos en nuestro estado natural ni estamos ante un imprevisto, sino que nos encontramos ante una situación catastrófica que nos pone en peligro de muerte.

La reacción más habitual en situaciones de emergencias es la conducta desordenada (o estado de shock), pero también podemos encontrarnos a personas que muestran confusión, ataques de pánico o ansiedad, paralización o histeria y grupos de individuos que permanecen unidos y callados a la espera de las noticias.

El estado de shock es una de las reacciones más comunes entre las víctimas de una catástrofe. La persona vive de forma dramática e intensa la situación vivida y el cerebro no puede procesar la elevada carga de estrés a nivel corporal y reacciona quedándose inmóvil o manifestando una conducta alterada. El estado de shock tiene 3 fases:

  • Fase aguda (suele durar minutos, horas o días): Esta fase se conoce como una respuesta de huida o de lucha interna. El cuerpo reacciona con un alto nivel de estrés (aceleración de la frecuencia cardíaca y respiratoria, aumento de la adrenalina e incapacidad de reacción). Muchas veces sucede que en esta fase también se vive desorientación, fases agresivas o falta de reacción a los estímulos.
  • Fase de reacción: En una segunda fase aparece la culpa, los miedos y temores, las pesadillas, la tensión muscular (puede durar semanas o meses). El hecho ocurrido se ha asimilado pero continua muy presente.
  • Fase de reorientación (la duración dependerá del apoyo recibido, de los recursos del individuo y del propio proceso de recuperación): es una fase de integración donde el individuo puede volver a la rutina. El dolor persiste pero se reduce la intensidad.

¿Cómo acompañar a una persona en estado de shock o con una conducta agresiva y desordenada?

Cuando nos encontremos con una persona en estado de shock y una vez haya recibido asistencia médica, deberemos evitar mantener conversaciones largas y sólo haremos preguntas en espacios no muy seguidos para ayudarle a volver al tiempo presente de forma gradual (¿Sabes donde estás? ¿Sabes que día es? ¿Tienes sed?). Es importante ir hidratándose, revisar que no haya sufrido ninguna lesión, y buscar su mirada cuando hablemos con él/ella para poder acompañarlo/a en el momento que está viviendo.

En el caso de conductas agresivas y desordenadas, ante todo, deberemos vigilar que la persona no se auto-lesione o pueda poner en riesgo a otras personas. A través de la contención y evitando frases esperanzadoras procuraremos que gradualmente rebaje el nivel de estrés y alteración. Si el nivel de alteración no se rebaja, será recomendable buscar asistencia médica.

¿Qué debemos evitar?

  • Frases esperanzadoras
  • Abrazar a todas las víctimas
  • Hablar de los que ya no están como si estuvieran en un lugar mejor
  • Obligar a que recuerden lo que acaba de suceder
  • Hacer ver que no ha ocurrido nada
  • Dar consejos

Recomendaciones:

  • Acompañar y contener
  • Recoger sólo la información necesaria
  • Respetar los tiempos y el espacio
  • Ofrecer agua y buscar asistencia médica si la persona no reacciona los estímulos o no reduce su nivel de alteración.
  • El grupo es fundamental ante una situación de emergencias puesto que ayuda a la contención y a la ordenación de los acontecimientos vividos.
  • La comunicación de las malas noticias es una parte importante del trabajo de los especialistas en emergencias. No debemos esconder información pero si adaptar el lenguaje para informar tanto a las familias, a los niños como a las propias víctimas sobre lo que ha sucedido, así como informar y normalizar las reacciones más habituales que pueden aparecer después de una vivencia dramática y redirigir a servicios de asistencia psicológica para continuar con el proceso de recuperación.

El acompañamiento a los niños y niñas

Los más pequeños viven la catástrofe con sus propios códigos. No siempre tienen palabras para explicar lo que sienten, así que conviene observar también su conducta y su juego, no solo lo que dicen. Es frecuente que aparezcan regresiones (volver a hacerse pis en la cama, hablar como un bebé), miedo a separarse de los adultos de referencia, dificultades para dormir o reproducir lo vivido a través del juego.

Algunas recomendaciones prácticas para acompañarlos:

  • Mantener las rutinas en la medida de lo posible: horarios de comida, de sueño, pequeños rituales del día a día. La rutina les devuelve una sensación de seguridad cuando todo lo demás se ha vuelto impredecible.
  • Responder a sus preguntas con honestidad, pero con un lenguaje sencillo y adaptado a su edad. No hace falta dar más información de la que piden, pero tampoco mentirles ni inventar explicaciones que luego tengan que desmontar.
  • No obligarlos a hablar de lo ocurrido si no quieren. Algunos necesitan contarlo una y otra vez; otros prefieren no tocar el tema. Ambas son formas válidas de procesarlo.
  • Permitirles estar cerca de sus figuras de referencia tanto como lo necesiten, incluso si eso significa dormir juntos unos días o no separarse en según qué momentos. No es un retroceso, es una necesidad temporal de seguridad.
  • Dejar espacio para el juego libre y el dibujo. Para muchos niños son su manera natural de procesar lo vivido, un niño que juega a “terremotos” con sus muñecos no lo está banalizando, lo está digiriendo. No hay que interpretarlo ni corregirlo, solo acompañarlo con calma.
  • Evitar que estén expuestos de forma repetida a imágenes o noticias del suceso en televisión o redes sociales. Volver a ver las mismas escenas una y otra vez puede revivir el impacto inicial sin aportarles ninguna información nueva que necesiten.
  • Validar sus miedos sin amplificarlos: frases como “tiene sentido que tengas miedo, ha pasado algo muy fuerte” funcionan mejor que minimizar (“no pasa nada”) o que un exceso de alarma por parte del adulto.
  • Cuidar también el propio estado emocional de quien los acompaña: los niños son muy sensibles a la angustia de los adultos de referencia, y verlos relativamente tranquilos (no fingiendo que no pasa nada, sino gestionando su propio malestar) les ayuda a regularse a ellos mismos.
  • Si pasadas varias semanas persisten el miedo intenso, las pesadillas frecuentes o la dificultad para retomar la vida cotidiana, conviene consultar con un profesional especializado en infancia.

El trauma vicario: la sobreexposición al dolor

Todo lo anterior está pensado para acompañar a quien vive la catástrofe en primera persona. Pero hay otro grupo que también necesita cuidado: el de las personas que intervienen (sanitarios, rescatadores, voluntarios, intérpretes, psicólogos, periodistas que cubren la zona, personal de organizaciones humanitarias).

Exponerse de forma repetida y empática al relato del sufrimiento ajeno también deja huella, aunque no se haya vivido el suceso en primera persona. No hace falta estar bajo los escombros para que el impacto entre: a veces basta con escuchar, una y otra vez, lo que ha vivido otra persona. Esto se conoce como trauma vicario o traumatización secundaria, y es mucho más frecuente de lo que se suele pensar entre quienes trabajan en zonas de catástrofe.

Puede manifestarse de muchas formas: cansancio que no se va ni durmiendo lo suficiente, dificultad para desconectar incluso en los momentos de descanso, irritabilidad o cambios de humor que antes no eran habituales, imágenes o frases muy concretas de lo escuchado que vuelven sin avisar, sobre todo al intentar dormir, y también, en sentido contrario, una sensación de desconexión emocional, como si las propias emociones se hubieran quedado “anestesiadas”.

Algunas ideas para cuidarse mientras se cuida a otros:

  • Los turnos y los relevos no son un lujo, son parte del trabajo. Mantenerse activo sin descanso real no hace a nadie más útil; al contrario, aumenta el riesgo de cometer errores y de agotarse antes de que termine la intervención.
  • Hablar de lo vivido con alguien de confianza (un compañero, la pareja, un amigo) ayuda a procesarlo. No es necesario entrar en todos los detalles; a veces basta con poder decir “hoy ha sido un día muy duro” y sentirse escuchado.
  • Pedir ayuda o pedir un relevo cuando algo empieza a desbordar no es una señal de debilidad ni de no estar a la altura. Es exactamente lo que hace un buen profesional: reconocer sus propios límites antes de que afecten a la calidad de su trabajo.
  • Cuidar lo básico (dormir, comer, hidratarse, moverse un poco) parece poco importante en medio de una emergencia, pero es precisamente lo que sostiene la capacidad de seguir ayudando con cabeza fría.
  • Después de la intervención, conviene darse un tiempo de transición antes de volver de golpe a todas las responsabilidades habituales. El cuerpo y la mente necesitan ese espacio para asimilar lo vivido.
  • Si los síntomas no mejoran con el paso de las semanas, o si se intensifican en vez de remitir, no hay que esperar a que “se pase solo”. Buscar apoyo psicológico profesional en ese momento es tan razonable como acudir al médico ante una herida que no cicatriza.

Cuidarse a uno mismo, en estos contextos, no es una distracción de la ayuda que se presta: es parte de ella. Quien ayuda agotado, deja de ayudar y quien se cuida, puede seguir estando presente más tiempo y de forma más sostenible para quienes lo necesitan.

Lo que hemos compartido aquí no sustituye la ayuda profesional, pero sí puede ser una primera guía para quien acompaña o atraviesa estos días tan difíciles. Cuidar de las personas afectadas y cuidar de quienes intervienen son dos caras de la misma respuesta: ninguna sostiene a la otra si se descuida.

Charlas gratuitas para profesionales en zonas de emergencias

Desde el Instituto seguimos de cerca lo que está ocurriendo en Venezuela, y como apoyo estamos impartiendo charlas gratuitas sobre trauma vicario dirigidas a profesionales que se desplazan o ya están trabajando en zonas de catástrofe. Las charlas las imparto yo personalmente, como psicóloga especializada en trauma y con el curso de experto del COPC en catástrofes y emergencias. Si formas parte de un equipo que necesita este apoyo y acompañamiento, ponte en contacto con nosotras en [email protected] y solicita una charla.

Un abrazo a Venezuela y a todas las personas que hoy están viviendo esta tragedia y a todos los profesionales y voluntarios que están ayudando en estos momentos.

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Aclaración: La Descodificación Biológica es un acompañamiento emocional complementario, no sustitutivo de ningún otro tratamiento médico, que el cliente escoge libremente para su bienestar emocional. Debe aclararse que el Instituto Ángeles Wolder no da consejos médicos ni recomienda finalizar ningún tratamiento.

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Escrito por: Aranzazu Par Wolder

CEO del Instituto Ángeles Wolder, psicoterapeuta y consteladora familiar especializada en trauma y terapia integrativa. Licenciada en Psicología (UB), con formación en Constelaciones Familiares, trauma agudo y complejo y Descodificación Biológica. Desde 2015 dirige el Instituto Ángeles Wolder, acompañando procesos terapéuticos y formando a nuevos profesionales.

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